En Rhondda, Bert Oxman descendía del jeep con paso elástico. Rubio, curtido por el sol, era el hombre más rico del condado. Había ascendido desde la miseria, llevando comida a su padre en una cesta de mimbre, hasta convertirse en magnate…
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En Rhondda, Bert Oxman descendía del jeep con paso elástico. Rubio, curtido por el sol, era el hombre más rico del condado. Había ascendido desde la miseria, llevando comida a su padre en una cesta de mimbre, hasta convertirse en magnate de las minas. Ahora se movía en un mundo que lo temía pero no lo amaba. Su única amiga era Bessie Kiddle, una viuda que usaba el dinero para dominar socialmente a los ricos de la ciudad. Pero cuando una mujer rubia de ojos verdes aparece en el camino hacia sus tierras, algo comienza a cambiar en el corazón de quien creía carecer de sentimientos.
La novela abre en Rhondda, un pequeño condado minero donde Bert Oxman es el hombre más poderoso. No por su apariencia vulgar ni por sus ropas corrientes, sino por su fortuna y su voluntad de hierro. Oxman ha recorrido un camino extraordinario: veinte años atrás era un muchacho miserable que llevaba comida a su padre en una cesta de mimbre. Su padre descubrió la fortuna en la colina, explotó las minas con astucia brutal, y Bert heredó tanto los bienes como la capacidad de dominar a los hombres. Vive en una casa común, sin ostentación, pero posee lo que importa: el control.
En el círculo de Bessie Kiddle hallamos el verdadero orden social de Rhondda. Bessie es una mujer singular cuya historia espeja la de Bert. Fue muchacha de servicio en una fonda cuando conoció al ingeniero Sam Blu, con quien se casó en contra de la sociedad. Construyeron una fortuna juntos. Ahora que Sam ha muerto, ella ha convertido sus viernes elegantes en una herramienta de poder. Mediante préstamos a crédito y el conocimiento de oscuros secretos, mantiene bajo su yugo a los ricos que antes la despreciaban. Bert y Bessie se entienden: ambos portan la cicatriz de la humillación y la embriaguez de la venganza.
Pero existe un obstáculo: la familia Wilson. Sir Edward Wilson posee una pradera que Bert necesita para ampliar su casa, y se niega a venderla. Perry Wilson, su sobrino, trabaja para Bert como abogado, atrapado entre dos lealtades. Bert guarda una vieja herida: Perry le hizo una cicatriz en la frente con una piedra cuando eran niños. Ver rechazada su oferta le parece una afrenta más, un pago pendiente en su largo ajuste de cuentas con Rhondda.
Entonces ella aparece. En el sendero que desciende del castillo de Edward Wilson, galopa una mujer rubia de ojos verdes, con una voz cálida que desorienta a Bert. No sabe quién es, pero sabe que es diferente. Por primera vez, el hombre que nunca buscó amor, que vio a las mujeres como accidentes menores de la vida, siente algo que lo remueve. La busca aquella noche en la ciudad, inquieto por una emoción desconocida. Así comienza la verdadera batalla: no entre hombres, sino entre el poder que Bert ha construido y el corazón que creía muerto.
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