Una semana de nieve envuelve la cárcel de Bordeaux en Montreal. El narrador aguarda su indulto desde una celda que comparte con Patrick Horton, un motero de los Hells Angels.
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Una semana de nieve envuelve la cárcel de Bordeaux en Montreal. El narrador aguarda su indulto desde una celda que comparte con Patrick Horton, un motero de los Hells Angels. Mientras la prisión respira como un animal enorme, él recuerda: veintiséis años como conserje del Excelsior, su esposa algonquina Winona, su padre pastor, su perra Nouk. Tres muertos que lo visitan en las noches. Meditación sobre la pérdida, la reclusión y los fantasmas que habitan entre mundos.
El edificio penitenciario de Bordeaux gime en la oscuridad invernal. Lleva una semana nevando sobre Montreal, y desde la ventana de su celda, el narrador escucha el frío como una voz que lamenta, mientras los muros de hormigón se retuercen bajo la mordaza de hielo. Este es ahora su mundo: una prisión que se alza donde una vez existió un barrio, diseñada para contener 1357 reclusos en sus entrañas numeradas. Encajonado en un «condo» —una celda apenas más grande que el modelo estándar— comparte su encierro con Patrick Horton, un hombre imponente cuya piel narra historias de asesinatos y Harley Davidson.
Lo que es real es el hambre de libertad que devora las noches, es el pollo hervido en agua grasienta, el acceso restringido al baño. Lo real es el recuerdo de quién fue antes de esto. Durante veintiséis años, el narrador fue conserje del edificio Excelsior, un hombre que hablaba con las máquinas creyendo que lo entendían, que mantenía en equilibrio un universo de cables, tubos, cañerías. Cuidaba ancianos, consolaba viudas, acompañaba a los muertos. Su vida transcurrió en el barrio de Ahuntsic, apenas a un kilómetro de esta prisión.
Ahora aguarda una audiencia con Gaëtan Brossard, un funcionario que evalúa casos de indulto. Los informes sobre su conducta son favorables, pero la libertad no es próxima. Lo que sostiene al narrador en las noches sin sueño no es la esperanza, sino los fantasmas de sus muertos. Su esposa Winona —una mujer algonquina— lo visita en la oscuridad. También su padre, el pastor Johanes Hansen. Y su perra Nouk, que simplemente se tumba a su lado como hizo siempre, reencontrando su olor a través de las fronteras de los mundos invisibles.
La novela es una meditación sobre el tiempo detenido, la pérdida que no se nombra, la extraña paz que descubre quien cede a los ritmos que lo contienen. Es la narración de una caída sin gestos dramáticos, contada desde adentro, con la voz serena de quien ha aprendido que la verdadera prisión no siempre tiene rejas de acero.
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