Una noche de julio en la Costa Brava. Cuatro personas de poco más de cincuenta años permanecen alrededor de una mesa donde aún flota el aroma de una celebración: champagne tibio y los restos de un pastel.
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Una noche de julio en la Costa Brava. Cuatro personas de poco más de cincuenta años permanecen alrededor de una mesa donde aún flota el aroma de una celebración: champagne tibio y los restos de un pastel. La masía se vacía alrededor de ellas, pero en este círculo privado de conversación emergen cuarenta años de historias: padres que se marcharon, primas que fueron hermanas, hermanos que ejercían poder, madres que buscaban ser algo más. Esta es una novela sobre cómo la infancia nos moldea, cómo los secretos se guardan en lugares oscuros, y cómo cuatro vidas reencontradas revelan que nada está realmente resuelto.
Una noche de julio, cuatro personas se sientan alrededor de una mesa donde persisten los vestigios de una celebración en la Costa Brava. Rita sigue saboreando el postre cuando el resto ya ha terminado, manifestando ese apetito que ha caracterizado toda su vida. Hija de una mujer que se consideraba actriz pero vivía entre trabajos precarios, Rita heredó la vergüenza de los sueños incumplidos de su madre. Marta permanece inquieta, rechazando los halagos con frialdad. Guarda un secreto cuidadosamente: fotografías de su infancia al lado de Adela, su prima, con quien fue prácticamente gemela en esos años.
Jim enciende un cigarrillo, gesto inhabitual que sorprende a los presentes. Su existencia ha estado marcada por la ausencia. Su padre, Pere, fue un hombre que apenas había salido de su pueblo cuando una turista norteamericana lo sedujo. Cuando Jim nació, Pere comprendió que no tenía vocación para la paternidad. Las visitas se espaciaron cada vez más. Lo que permanece en la memoria de Jim no son los momentos compartidos sino la experiencia recurrente de la partida: la imagen de su padre de espaldas dirigiéndose al automóvil, desapareciendo. Los pequeños obsequios que ocasionalmente traía jamás fueron lo que Jim realmente necesitaba.
Guillem parece poseer una fortuna constante: su biología lo libra de las consecuencias del exceso. Pero la buena suerte es más ambigua. Es uno de tres hermanos, y en esa constelación, el hermano mediano ejercía una autoridad casi moral. Félix decidía los juegos, orquestaba el sufrimiento de otros, elegía víctimas. Guillem aprendió temprano que la lealtad es lo que la familia demanda. Su amistad con Jim parece fundarse en una comprensión tácita sobre lo que cuesta pertenecer a familias donde el poder se distribuye desigualmente.
La novela alterna presente y pretérito, construyendo una arquitectura circular. Mientras estos cuatro toman champagne bajo luces que oscilan, el relato retrocede continuamente a la infancia: pisos urbanos, casas de muñecas construidas por padres dedicados, primas que fueron hermanas en todo excepto en la ley, hermanos que ejercieron control, madres divididas entre aspiración y supervivencia. Lo que los reúne nuevamente es una pregunta sin respuesta clara. La novela sugiere que algunos abandonos nunca cicatrizan, que ciertos secretos tienen raíces profundas, que la infancia define de formas que la edad adulta no resuelve.
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