Desde lo alto de una cumbre señalada por una cruz de piedra, la diligencia descubre un valle enclavado en los Pirineos: ciudad antigua, bajo el dominio invisible del obispo, donde cada calle, cada fachada agrietada, conserva los siglos.
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Desde lo alto de una cumbre señalada por una cruz de piedra, la diligencia descubre un valle enclavado en los Pirineos: ciudad antigua, bajo el dominio invisible del obispo, donde cada calle, cada fachada agrietada, conserva los siglos. Aquí viven personajes cuya existencia se debate entre el deber y el deseo, entre la autoridad eclesiástica que lo gobierna todo y los impulsos que amenazan con fracturar ese orden. La baronesa Eulalia es la segunda fuerza en esta ciudad encerrada, guardiana de un secreto que pesa sobre todos.
Viajeros en diligencia ascienden a una cumbre coronada por una cruz de piedra y descubren un valle pirenaico donde existe una ciudad antigua, próxima a la frontera con Francia. Los Pirineos se alzan como telón de fondo, con montañas de distintos tonos que van del rojo al azul y terminan en blancas cimas nevadas. En el fondo del valle se extiende una ciudad parda, junto a un río de aguas glaciales. Sus techos están cubiertos de musgo, sus muros agrietados, sostenidos por hierros. Esta ciudad conserva los vestigios de cuando los cristianos españoles reconquistaban lentamente el territorio a los musulmanes.
No ha conocido reformas sustanciales desde principios del siglo diecinueve, salvo por un enorme Seminario de ladrillos rojos que domina el caserío. Sus autoridades están definidas claramente: el obispo es el verdadero señor, visitado cada semana por el alcalde para conocer su voluntad. El gobernador militar es también asiduo huésped del prelado. No existe poder superior a la autoridad episcopal en esta ciudad fronteriza donde el tiempo parece haberse detenido.
El único movimiento que rompe la monotonía viene de un batallón de cazadores cuartelado en la ciudad. Sus oficiales, aburridos hasta el enervamiento, cometen diabluras: viven en pecado, persiguen muchachas de las tiendas, explotan con petardos la guitarra gigantesca colgada en la calle Mayor. Estos escándalos provocan que el obispo pida su traslado. Meses después, cuando los comerciantes ven que la ciudad se arruina, vuelven a suplicar al prelado que interceda para su regreso.
En las calles se respira el olor de cuadra y vino en fermentación. La calle Mayor es el único sitio donde ocurre algo: tiendas que se modernizan, un bar con piano mecánico y camareras pintarrajeadas que escandaliza a las señoras. La ciudad cuenta con alumbrado eléctrico derivado de una caída de agua en los Pirineos. Los intentos por establecer hoteles, cines o teatros fracasan invariablemente. Personas influyentes adquieren los edificios y predicadores bondadosos hablan de los peligros del pecado moderno.
La segunda autoridad más ilustre es doña Eulalia, la baronesa. Todos la llaman así por costumbre, considerando este título tan indiscutible como la dignidad episcopal. Su nombre y presencia definen los equilibrios de poder en esta ciudad encerrada, donde los secretos fluyen como agua subterránea bajo las calles, invisibles pero omnipresentes.
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