En una habitación de una mina de sal, convertida en estudio precario, Giles el pintor está atrapado en la parálisis. Frente a su lienzo vacío, su mente se divide irremediablemente: es el artista que no puede crear y es Rogero, caballero…
Descargar
En una habitación de una mina de sal, convertida en estudio precario, Giles el pintor está atrapado en la parálisis. Frente a su lienzo vacío, su mente se divide irremediablemente: es el artista que no puede crear y es Rogero, caballero prisionero en un castillo encantado bajo el hechizo del mago Atlante. Cuando una misteriosa mujer irrumpe tocando el timbre, quiebra el frágil equilibrio de su identidad fragmentada y lo confronta con la razón perdida de su vocación.
Un cuadro inacabado en un lienzo en blanco. Así comienza la lucha silenciosa de Giles dentro de una habitación en una mina de sal que funge como estudio. El pintor sabe que fue pintor, sabe que será pintor, pero en este momento presente no puede serlo. Su mente se ha quebrado en dos realidades que coexisten sin solución: la del artista paralizado en su cuarto estrecho, rodeado de herramientas sin uso, y la del caballero Rogero, confinado en un castillo encantado donde reina un atardecer perpetuo poblado por mujeres danzarinas.
Atlante, el mago que gobierna el encantamiento, ha tejido su hechizo de manera que Rogero no puede escapar. Le ofrece todo: armas, defensa, poder. Pero exige una palabra, un juramento, una sumisión que el caballero se niega a dar. La prisión mágica se refleja en la habitación real donde Giles está también atrapado, no por magia sino por una enfermedad del pensamiento que lo desdobla.
Cuando una mujer pequeña, de cabello y modales vulgares, toca insistentemente el timbre de su puerta, Giles sale de su estupor con violencia. La golpea casi sin pensarlo, como quien despierta de un sueño que rechaza. Ella es Brandt. Simplemente está allí, pertinaz, recordándole que sus cuadros anteriores —Málaga a la luz de la vela, Humo— tocaron algo en las personas que los vieron. Una pareja joven tomada de las manos. Un hombre riendo con certeza recobrada. Un niño llorando de emoción.
Brandt quiere que Giles vuelva a pintar. Giles la rechaza, furioso. Pero conforme hablan, es Brandt quien nombra la verdadera enfermedad: Giles puede ser uno u otro, pero no puede ser ambos a la vez. Cuando pintaba, cuando era solamente Giles, podía interrumpir su trabajo y retomarlo, sabiendo que mañana seguiría siendo él. Ahora la continuidad que sostiene a un artista ha desaparecido.
El primer cuento de esta colección teje la historia de una identidad fragmentada, de la parálisis que nace cuando el yo se divide, y de la persistencia delicada de alguien que ve en un hombre roto la capacidad de crear belleza.
Plan gratis: 1 libro al día. Hazte VIP para libros ilimitados.