En las entrañas de una cosmonave de prisión, cautivos de múltiples civilizaciones avanzan hacia un planeta de trabajos forzados del que no hay retorno.
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En las entrañas de una cosmonave de prisión, cautivos de múltiples civilizaciones avanzan hacia un planeta de trabajos forzados del que no hay retorno. Stanis Foll rechaza la resignación y concibe un plan: recluta a Row, cuya mandíbula puede serrar acero. Juntos rompen los barrotes. El escape genera caos: disparos de fotodardos, cuerpos vaporizados, agonía. Cuando termina la batalla, solo catorce supervivientes permanecen a bordo. Han conquistado la libertad, pero ahora enfrentan un peligro mayor: naves de guerra draps los persiguen.
Stanis Foll se encuentra encerrado en una celda colectiva de una cosmonave de los draps. Los draps son alienígenas de casi dos metros y medio, insectoides, cuerpos delgados y cabezas desproporcionadas que gobiernan la nave sin compasión. Transportan prisioneros de múltiples civilizaciones hacia un destino único: trabajos forzados hasta la muerte en un planeta lejano.
La situación parece sin salida. Los compartimientos están vigilados, el aire es irrespirable, y el destino final es inevitable. Pero Stanis se rehúsa a aceptarlo. Susurra a Xavier, su compañero de celda, una propuesta: tomar la cosmonave.
El plan requiere ingenuidad y coraje. En la celda viaja Row, un cautivo pequeño cuya mandíbula posee una dentadura especial: dientes como sierras capaces de cortar metales. Stanis lo recluta para serrar los barrotes de acero.
Mientras Row muerde el metal hasta sangrar, Stanis coordina con otros prisioneros: Xavier, Fill, Amion y Hund. El plan es simple pero arriesgado: cuando la patrulla de draps pase ante la celda, atacarán por sorpresa, tomarán sus armas y avanzarán hacia la sala de control.
El caos es inevitable. Los barrotes ceden. La cosmonave se convierte en un escenario de horror: disparos energéticos, cuerpos vaporizados, gritos de agonía. Algunos prisioneros, intoxicados por la libertad, cometen actos suicidas. Otros pierden extremidades bajo el fuego draps.
Stanis lidera el asalto a la sala de control. Tras derrotar a los últimos guardianes, la nave es suya. El precio es devastador: de cientos de cautivos, solo quedan catorce supervivientes.
La euforia es breve. Xavier expone la realidad: los draps transmitieron un llamado de auxilio. Naves de guerra pueden estar en ruta. La cosmonave es lenta, sus defensas limitadas, y la ubicación de un planeta habitable es desconocida.
Entre los supervivientes hay cuatro mujeres de apariencia terrícola. La diversidad a bordo refleja la magnitud de la captura draps, pero también permite imaginar una nueva comunidad.
Stanis y sus catorce compañeros enfrentan decisiones definitivas: ¿hacia dónde viajar? ¿Dónde ocultarse? ¿Cómo prevalecer si sus cazadores son más poderosos? La libertad obtenida a sangre es frágil, y cada segundo acerca el riesgo de aniquilación.
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