Una noche con bebidas servidas y Billie Holiday en el salón. El inspector Leo Caldas atiende llamadas rutinarias en un programa de radio mientras, en algún lugar de la ciudad, algo sucede.
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Una noche con bebidas servidas y Billie Holiday en el salón. El inspector Leo Caldas atiende llamadas rutinarias en un programa de radio mientras, en algún lugar de la ciudad, algo sucede. Cuando recibe la orden de dirigirse a la Torre de Toralla, un bloque residencial de veinte pisos en una isla privada, Caldas y su compañero Estévez se ven inmersos en un caso que trasciende la normalidad cotidiana de sus investigaciones.
La novela se abre en una noche de lluvia donde Luis Reigosa prepara bebidas con precisión mientras Billie Holiday reproduce ‘The man I love’ en el salón. En otro lugar de la ciudad, el inspector Leo Caldas atiende llamadas de ciudadanos en ‘Patrulla en las ondas’, un programa de radio donde personas comunes exponen sus quejas y denuncias: ruido de un pub, semáforos defectuosos, comportamientos extraños. Caldas anota cada llamada con la precisión de quien sabe que la mayoría no conducirá a nada, acumulando pequeñas frustraciones en su libreta.
Rafael Estévez, su compañero recién llegado de Zaragoza, todavía se adapta a la peculiar manera gallega de comunicarse, donde las cosas rara vez se nombran directamente y todo parece cargado de ambigüedad. Un episodio inicial con un joven traficante ilustra esta tensión entre la mentalidad directa del aragonés y los modos locales, revelando tanto la frustración de Estévez como su tendencia a la violencia.
Cuando el comisario Soto ordena que se dirijan a la Torre de Toralla, un edificio residencial de veinte plantas construido en una pequeña isla privada de la ría, la rutina se quiebra. El trayecto hacia la Torre permite explorar la geografía viguesa: los puertos históricos y modernos, las playas, la orografía de las rías gallegas con su peculiar belleza de aguas cambiantes protegidas por islas de arena blanca.
La Torre de Toralla misma es un monumento a lo que Caldas considera un atentado urbanístico: una mole de seiscientos apartamentos, la mayoría vacíos salvo en verano, que empotra la modernidad más cruda en el corazón de un paraíso natural. Al llegar, encuentran la unidad de inspección ocular ya en el lugar, sugeriendo que lo que aguarda dentro es más grave que las pequeñas molestias que acostumbra a investigar.
Mientras ascienden hacia el Dúplex 17/18 del ala norte, la novela juega con contrastes: entre la normalidad aparente y el misterio no revelado, entre la amabilidad del inspector y la violencia latente de su compañero, entre la belleza de la ría gallega y la fealdad de la construcción moderna que la interrumpe.