Una niña de un año contempla meticulosamente la cocina de su vecina. Así comienza la historia de Olga, quien tras quedar huérfana en Breslau será enviada a Pomerania, donde descubrirá en Herbert, hijo de la clase acomodada, a alguien que…
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Una niña de un año contempla meticulosamente la cocina de su vecina. Así comienza la historia de Olga, quien tras quedar huérfana en Breslau será enviada a Pomerania, donde descubrirá en Herbert, hijo de la clase acomodada, a alguien que como ella no encaja en su mundo. Mientras ella ansía saber más, leer más, aprender más, él corre sin sosiego, persiguiendo los límites del propio cuerpo. En el retrato de Alemania a finales del siglo XIX, sus vidas convergen en la amistad, marcadas por la soledad y la diferencia.
Una niña de un año permanece tranquilamente en una silla, observando la cocina de su vecina: la mesa, las sillas, el aparador, el horno, el fregadero y la lámpara. Cada detalle merece su atención paciente. Así comienza el retrato de Olga, cuya vida entera estará marcada por esa necesidad de mirar, comprender, aprender.
Nacida en la pobreza de Breslau, crece bajo el cuidado de una vecina que se vuelve su madre verdadera, enseñándole a leer durante largas caminatas por la ciudad. Cuando la tuberculosis arrebata a sus padres, su abuela paterna la traslada a Pomerania. En ese pueblecito rural, Olga resiste con terquedad el nombre germánico que le imponen: se llama Olga, y lo seguirá siendo. Rechaza los juegos hostiles de los niños del pueblo; anhela libros, conocimiento, una vida más amplia que la que el campo puede ofrecerle.
En la misma región vive Herbert, hijo de una familia de posesionados, marcado desde el nacimiento por una obsesión: correr. No caminar, no trotar: correr, siempre más rápido, hasta alcanzar los límites del propio cuerpo. Su riqueza lo protege, pero también lo aísla. Los otros niños lo admiran y lo temen; sus maestros lo respetan; sus padres lo educan en la superioridad de su clase. Pero Herbert permanece solo, persiguiendo algo que no tiene nombre en sus carreras sin fin por los campos y bosques de Pomerania.
Cuando Olga llega al pueblo, algo cambia para ambos. En el otro reconocen la soledad que comparten, la marca de la diferencia. La fotografía tomada en el jardín antes de la confirmación los muestra a los tres —Olga, Herbert y su hermana Viktoria— con una expresión de concentrada seriedad, como si estuvieran tramando algo importante. Así comienza el encuentro de dos vidas destinadas a transformarse en un momento de grandes cambios para Alemania.