Bond despierta con una resaca brutal, avergonzado por sus excesos. Su superior M lo convoca con una propuesta inesperada: un descanso obligatorio de dos semanas en una clínica de salud natural en Sussex.
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Bond despierta con una resaca brutal, avergonzado por sus excesos. Su superior M lo convoca con una propuesta inesperada: un descanso obligatorio de dos semanas en una clínica de salud natural en Sussex. Mientras se resiste a la orden, Bond descubre que M ha sido cautivado por doctrinas holísticas y naturópatas, y que su destino ya está sellado: Los Zarzales, un lugar donde curar no significa descanso, sino transformación.
Lunes por la mañana en Londres. James Bond se debate entre el dolor de cabeza de una resaca espantosa y la vergüenza de sus propios excesos. Tras una noche de juego y alcohol en Park Lane, ha perdido cien libras que no debería haber jugado, y ahora se despoja de su orgullo en el espejo del cuarto de baño, condenándose por la ociosidad que ha marcado su último mes: papeleo, memorandos, una secretaria sustituta tan imbécil como fea. El sonido del teléfono directo lo arranca de su pozo de autodestrucción. A través de Londres, escaleras arriba, hasta el despacho de M. Lo que sigue es una sorpresa desconcertante: no es el trabajo emocionante que esperaba, sino algo personal y perturbador. M, con una inusual gentileza, le comunica lo que el informe médico ha revelado: un oficial al borde del colapso físico. Sesenta cigarrillos diarios. Media botella de alcohol. Presión alta. Fibrositis. Migrañas. M no reprende; expone con serenidad. Pero entonces M despliega una agenda inesperada. Habla de naturópatas, de Bircher-Brenner y Kneipp, de pan contaminado con creta y peróxido de benceno. Revela que él mismo acaba de pasar por Los Zarzales, una clínica en Sussex dirigida por Joshua Wain, y que ha vuelto transformado, rejuvenecido, convencido de que la salud natural es la única vía. Y Bond, incrédulo, comprende que su jefe no está loco: está decidido. La orden es clara, inapelable. Dos semanas en Los Zarzales, o la expulsión de la Sección Doble Cero. La despedida es tan glacial como las palabras de M. Bond abandona el despacho en furia controlada, golpea el escritorio de la Srta. Moneypenny, quien, entre dulces reproches y complicidad, revela que M ha caído en una de sus obsesiones pasajeras, pero esta vez Bond ha tenido la mala suerte de ser el elegido. Mientras se dirige al taxi que lo llevará hacia su destino forzoso, Bond ignora aún lo que le aguarda en aquella clínica donde la salud es una religión y el descanso un concepto ajeno. El viaje apenas comienza, y ya se intuye que Los Zarzales no será un retiro apacible, sino una prueba de resistencia contra todo lo que Bond es.
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