Rod Talbot despierta en su habitación de hotel en Nueva York, cubierto de sudor. Lo que acababa de vivir parecía palpablemente real: una llanura gris que se reflejaba como espejo, un cielo oscuro salpicado de astros imposibles, una lluvia…
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Rod Talbot despierta en su habitación de hotel en Nueva York, cubierto de sudor. Lo que acababa de vivir parecía palpablemente real: una llanura gris que se reflejaba como espejo, un cielo oscuro salpicado de astros imposibles, una lluvia verde que le mojaba la piel. Una voz de mujer, Alkya, lo había guiado en ese lugar inhóspito. Pero al despertar, Rod comprende que fue apenas un sueño, el mismo que le proporciona la solución que su guion televisivo «Otra dimensión» llevaba días reclamando. No sabe aún que esa noche le ha plantado una semilla que trascenderá la ficción.
En una habitación de lujo en Nueva York, Rod Talbot despierta sobresaltado de su lecho. El sudor corre por su rostro mientras mira alrededor, desorientado. Lo que acaba de vivir parecía tan real como el aire que respira: una llanura gris e infinita que se reflejaba como un espejo de metal bruñido, un cielo negro poblado de astros purpúreos, una lluvia verde luminosa que empapaba su piel. En ese mundo imposible, caminaba sin rumbo hasta que una voz de mujer lo detuvo: Alkya. Dulce, melodiosa, sedante. Ella le pidió que no se volteara, que no estaba preparado para verla. Pero la tentación lo venció. En el reflejo del suelo metálico entrevió el rostro de una criatura imposible: piel púrpura, cabello azul, ojos de plata. El contacto de su mano lo sacudió con corrientes eléctricas que lo hundieron en la nada.
Ahora, en la seguridad de su cuarto de hotel, Rod comprende que todo fue un sueño. Una pesadilla inspirada en el guion televisivo que lleva días intentando terminar: «Otra dimensión», una obra que debía entregar a sus productores para la serie de televisión internacional. Rod Talbot es un escritor consagrado, cotizado en los estudios de Nueva York, alguien cuya reputación le permite cierto margen de libertad creativa. Pero cuando presenta su guion a Harvoc, su socio en la Interworld TV, la reacción es decepcionante.
Los expertos del estudio consideran que la obra es ingenua. Una dimensión desconocida no puede ser un reflejo del mundo terrenal: debe ser algo verdaderamente extraño, completamente ajeno a la experiencia humana. Harvoc cuestiona la lógica de la obra. ¿Cómo puede haber seres humanos en una dimensión que viola las leyes del espacio conocido?
Rod intenta defender su visión, argumentando que una verdadera dimensión desconocida sea similar a la nuestra pero separada por barreras imperceptibles del espacio-tiempo. Pero Harvoc no se convence. Ve en el trabajo de Rod los signos inequívocos del cansancio. Sus últimos guiones carecen de la chispa que alguna vez los caracterizó. Necesita descanso. Una clínica del espacio, tal vez, donde podrá recuperarse bajo los efectos de la gravedad cero.
Rod protesta débilmente, pero termina cediendo. No percibe que su sueño de esa noche contenía algo más que la inspiración de un escritor fatigado. Que la visión de Alkya, de esa llanura gris, de esa música sincopada que emerge de todas partes, podría ser algo más que el delirio de una mente agotada. Mientras se prepara para sus vacaciones forzadas, Rod ignora que la frontera entre el sueño y la realidad está a punto de colapsarse.
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