Egor repite una y otra vez la misma pregunta ante el gigantesco puente que desaparece en una bruma verdosa: ¿qué hay al otro lado? El río que lo rodea, lento y enfermo, ya no lleva el nombre de Volga.
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Egor repite una y otra vez la misma pregunta ante el gigantesco puente que desaparece en una bruma verdosa: ¿qué hay al otro lado? El río que lo rodea, lento y enfermo, ya no lleva el nombre de Volga. Hace tiempo fue el Volga, pero ahora es solo río, frontera mortal entre lo conocido y lo prohibido. En el puesto fronterizo al borde de la antigua fábrica de neumáticos de Yaroslavl, donde habitan los últimos supervivientes de Moscovia, un adolescente inquieto desafía las reglas que lo mantienen atrapado en un mundo en ruinas.
En un futuro desolado donde Rusia se ha encogido hasta convertirse en Moscovia, un puente monumental marca la frontera oriental del imperio. Sus vigas de hormigón se hunden en un río contaminado cuyas aguas son tan tóxicas que ninguna embarcación regresa y nada sobrevive en sus aguas. Una niebla verdosa y venenosa lo envuelve todo, impidiendo ver más allá de veinte metros.
En el puesto fronterizo establecido en los restos de una antigua fábrica de neumáticos, vive Egor, un joven de diecisiete años obsesionado con el misterio del otro lado. Desafiante y curioso, pasa sus días tocando guitarra, estudiando una historia oficial que poco lo satisface y provocando constantemente a Polkán, el comandante que funge como su padrastro. Sus preguntas sobre qué existe más allá del puente irritan a un Polkán que solo quiere cumplir órdenes y olvidar lo que no puede controlar.
La fortaleza humana que rodea el puente alberga a un puñado de supervivientes atrincherados en los edificios de apartamentos y en garajes convertidos en talleres. Allí también vive Michelle, una joven de veinticuatro años que ha guardado durante años un viejo teléfono móvil como su última conexión con el Moscú anterior al colapso: videos de sus padres, música, la banda sonora de una vida que ya no existe. Su dispositivo acaba de morir, cortando el último hilo que la unía a su pasado.
En este lugar donde el mundo conocido termina abruptamente, donde las ciudades están desiertas y los perros salvajes deambulan entre ruinas, la vida transcurre bajo reglas rígidas y vigilancia constante. Conforme emerge la novela, la tensión entre la obediencia obligada y la necesidad de conocer crece. Egor representa el cuestionamiento de un orden que nadie ya se atreve a desafiar. El puente se convierte en la obsesión que define todos los conflictos en el fin del mundo.