Una mujer recorre el tiempo hacia atrás, buscando en los silencios familiares las huellas de una Palestina a la que nunca ha podido volver. Su padre mira desde fronteras lejanas hacia territorios que considera suyos pero no puede habitar.
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Una mujer recorre el tiempo hacia atrás, buscando en los silencios familiares las huellas de una Palestina a la que nunca ha podido volver. Su padre mira desde fronteras lejanas hacia territorios que considera suyos pero no puede habitar. A través de viajes entre ciudades olvidadas, lenguajes perdidos y encuentros fortuitos en estaciones de tren, la narradora teje la historia de sus abuelos palestinos que emigraron a Chile, y explora cómo la distancia geográfica se convierte en una distancia de identidad. Las generaciones sucesivas han abandonado la lengua materna, han olvidado los detalles del origen, pero la ausencia de Palestina permanece como una herida intacta.
La narradora inicia desde una imposibilidad fundamental: Palestina es un lugar que desconoce, que jamás ha habitado. Lo que por ella siente viene de herencias que atravesaron generaciones de diáspora. Su padre, nacido en territorios palestinos que quedaron bajo ocupación durante el siglo veinte, ha llegado varias veces a los límites fronterizos pero nunca los ha cruzado. En una ocasión, desde Egipto, intentó visualizar hacia el este los espacios lejanos donde pudo existir su tierra natal, aunque sus ojos no llegaran a alcanzarlos realmente. Luego estuvo cerca de otra frontera, la jordana, desde donde podía contemplarse el valle del río considerado sagrado en la tradición cristiana, pero nuevamente sus pies no avanzaron. Su esposa lo instaba a pasar hacia Cisjordania; él optó por retroceder. El temor quizás radicaba en llegar a la casa paterna sin poder abrirla. O acaso atravesar significaría renegar del abuelo que una vez intentó ese viaje en 1967, cuando la guerra de una semana cerró todos los caminos posibles.
La narradora, repartida entre distintas ciudades, persigue fragmentos de su historia familiar. Indaga en bases de datos sobre el apellido Meruane y encontraba apenas referencias a lagos extintos en el norte africano, geografías fragmentadas, territorios que desaparecieron del mapa. Su padre elude los detalles cuando es interrogado sobre la procedencia y el pasado; prefiere transferir esa tarea a sus hermanas mayores. Las respuestas, cuando llegan, son incompletas: cada quien recuerda diferente, y el tiempo ha dejado huecos crecientes. Lo que sí permanece son sensaciones: el sonido del agua corriendo en los patios interiores, el aroma de árboles frutales, las telas que se extendían para secar bajo el sol.
Cuando la narradora sugiere regresar a la ciudad provincial donde su padre nació, él acepta. En ese regreso, los recuerdos de su padre se precisan: la mercadería que llegaba de fábricas textiles regionales, las herramientas del negocio familiar, el trabajo minucioso del oficio. Pero hay una novedad: recientemente, sin acto público ni ceremonias, el pueblo bautizó una calle con el apellido de su abuelo. Fue un reconocimiento discreto, sin fotos ni registro. Ningún Meruane ha visitado aún esa calle para verla. Ante este descubrimiento, algo cambia en el padre: accede a explorar ese pasado que había mantenido cerrado.
La narración sobre los abuelos surge fragmentada, narrada de múltiples formas según quién la transmita. Ambos provenían del mismo pueblo, pero se desconocían. Fue el azar de una estación de tren la que los acercó durante un transbordo: él viajaba hacia el sur, ella hacia el norte. Las versiones de ese encuentro divergen: ¿fue la casualidad de dos destinos opuestos, o algo más? Lo cierto es que ella rechazó a otro suitor que ofrecía seguridad material, y eligió al que iba en dirección contraria. Entretanto, las lenguas se hunden. El idioma que los abuelos hablaban fue deliberadamente abandonado, como si constituyera un fardo que no debía legarse. La identidad palestina persiste, pero fantasmal, escindida de su raíz lingüística, manifestándose únicamente en lo que falta: nombres que callan, territorios no pisados, casas ocupadas por otros.
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