Meribeth bordaba junto al fuego en su castillo escocés cuando alguien tocó la puerta en medio de la ventisca. Eran siete años de ausencia destrozada en un instante: Declan O'Rilley, el amor que tuvo que abandonar, regresaba.
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Meribeth bordaba junto al fuego en su castillo escocés cuando alguien tocó la puerta en medio de la ventisca. Eran siete años de ausencia destrozada en un instante: Declan O'Rilley, el amor que tuvo que abandonar, regresaba. Una tormenta de nieve los obliga a compartir el techo, a confrontar el rencor silencioso y los sentimientos que el tiempo no logró borrar. En aquella noche fría, dos seres marcados por una separación dolorosa enfrentarán si existe algo que reparar en las ruinas de lo que fueron.
Una escena de reencuentro. Meribeth McFàrach, dueña del castillo escocés de Eilean Mo Chridhe, se encontraba bordando junto al fuego en una noche invernal cuando alguien tocó a la puerta. A través de la ventisca vio a un hombre que pedía refugio; su carruaje había encallado en el camino. Lo acogió sin dudarlo, como ordena la hospitalidad en las Tierras Altas. Pero cuando abrió la puerta, la respiración se le cortó. Era Declan O’Rilley, el hombre al que había amado con toda el alma siete años atrás, el que tuvo que perder porque la sociedad y su propia cobardía se lo arrebataron.
Durante aquellos siete años, Meribeth no había pasado un solo segundo sin pensar en él. Sus ojos color té con leche, su cabello negro, sus manos que una vez la tocaron. Lo recordaba con una claridad que el tiempo no había logrado desvanecerse. Él se marchó de su vida una fría mañana, mirando sobre su hombro una única vez, con lágrimas en los ojos que terminaron de romperle el corazón.
Declan O’Rilley se había convertido en un hombre de renombre: baronet, escritor célebre, alguien que vivía en otra vida completamente alejado de la suya. Ella, mientras tanto, había quedado en las sombras, atrapada por el remordimiento y el arrepentimiento. En aquella noche en que la tormenta los obligaba a compartir el castillo, la tensión entre ellos era palpable. Declan la trataba con cortesía fría, con la indiferencia de un extraño.
Pero debajo de esa frialdad, Declan guardaba su propio dolor. Porque a pesar de los años y el rencor, todavía la amaba. A pesar de todo lo que ella le había hecho al alejarlo, los sentimientos regresaron con toda su fuerza cuando volvió a verla.
En las paredes de aquel castillo ancestral, entre el fuego de la chimenea y el azote de la nieve, dos seres atormentados se enfrentan a la pregunta que los ha perseguido durante años: ¿puede repararse lo que el tiempo y la cobardía rompieron?
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