En un sábado de diciembre, dos obreros descienden de una construcción madrileña con el jornal en los bolsillos. Genaro y Emiliano caminan entre andamios y polvo compartiendo una botella de vino, mientras a su alrededor se alzan los bloques…
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En un sábado de diciembre, dos obreros descienden de una construcción madrileña con el jornal en los bolsillos. Genaro y Emiliano caminan entre andamios y polvo compartiendo una botella de vino, mientras a su alrededor se alzan los bloques americanos, resplandecientes de navideño esplendor. Así comienza Paralelo 40, novela sobre la impotencia, el resentimiento y la amargura de quienes no logran superar sus fracturas interiores.
Madrid, 1955. En el barrio de Corea, un sector emergente de la ciudad donde los americanos construyen modernos bloques de apartamentos, viven obreros de la construcción cuyas vidas discurren en la precariedad más absoluta. Entre ellos destaca Genaro, un hombre consumido por el resentimiento, apenas liberado del encarcelamiento hace unos meses, que contempla con odio disfrazado de humor los símbolos de prosperidad que lo rodean sin alcanzar. Junto a él está Emiliano, un obrero más bondadoso y pacífico, que intenta navegar la pobreza con mayor resignación. La novela comienza un sábado de diciembre, cuando ambos bajan de la obra de construcción donde laboran. Con el jornal de la semana en los bolsillos, caminan por las calles crepusculares compartiendo una botella de vino, mientras contemplan los bloques americanos resplandecientes de navideño esplendor. A su paso ven luces de neón, coches lujosos con matrículas americanas, neveras que son objetos de veneración para los extranjeros. La escena condensa la geografía de la desigualdad: modernidad y riqueza de un lado, ruina y desesperación del otro. Paralelo 40 no es un retrato autobiográfico ni pretende ser ejemplar, aunque busca ser ejemplarizadora. A través de personajes que nacen de la marginación y la desesperación social, la novela explora cómo el resentimiento y la impotencia pueden consumir a quienes no logran superar sus fracasos. Genaro encarna esa imposibilidad de olvidar, ese ansia de revancha que lo corroe. Pero la obra no aspira solo a condenar a sus personajes: invita al lector a mirar más allá de la superficie bronca, a cuestionar las estructuras que engendran tales destinos.