Nerea se despide de su madre Bittori en una mañana cualquiera, rumbo a Londres para intentar salvar un matrimonio en ruinas. Su marido es altanero y alcohólico; ella, desesperada y sin hijos.
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Nerea se despide de su madre Bittori en una mañana cualquiera, rumbo a Londres para intentar salvar un matrimonio en ruinas. Su marido es altanero y alcohólico; ella, desesperada y sin hijos. Bittori, viuda por la violencia política, observa desde su ventana con pena y resentimiento. La novela traza el retrato de dos mujeres atravesadas por fracturas irrecuperables: la que perdió a su marido a causa de ETA, y la que está perdiendo al suyo por su incapacidad de amarla. Entre ellas flota la incomprensión, el rencor silencioso, la búsqueda imposible de la paz.
La novela comienza con una despedida cotidiana que revela mundos fracturados. Nerea, una mujer de cuarenta y cinco años, se sube a un taxi mientras su madre Bittori, oculta tras un visillo en el tercer piso, la observa con pena. Esos tacones rojos, ese intento de seducción a un marido indiferente, le parecen a la madre el símbolo perfecto de una desesperación que no merece la pena.
Nerea viaja a Londres con su marido Quique, un hombre que huele a whisky desde las nueve de la mañana, vanidoso, seco, autoritario. Ella carga la ilusión de que este viaje salvará su matrimonio, aunque ambos saben que es el último intento. Quique se niega a adoptar; quiere descendencia biológica, carne de su carne, y está dispuesto a alquilar un vientre con tal de lograrlo. Nerea imagina viajes a la otra punta del mundo, maternidad sin parto. Pero él ha cerrado la puerta.
Bittori es una viuda de años. Su marido, el Txato, fue asesinado por ETA. La fe que tuvo de joven, casi profesión religiosa, reventó como una burbuja el día que lo vio en el ataúd. Ahora vive en ateísmo silencioso, visitando iglesias para negar mentalmente cada cosa que dice el sacerdote. Se pasea por la ciudad diciendo gracias por tu humanidad a los árboles, a las papeleras, al mobiliario urbano. Busca humanidad donde la perdió.
Entre madre e hija flota incomprensión profunda. Bittori juzga los esfuerzos de Nerea como ingenuos. Ambas están presas en duelos distintos: una por la muerte violenta, la otra por un matrimonio que se disuelve sin drama, solo con indiferencia. La prosa traza retratos psicológicos agudos, momentos de lirismo en medio de la desolación. La ciudad vasca es un personaje más: iglesias, plazas, tranvías. Y subyace la sombra de la violencia política, que ha marcado a estas mujeres de formas distintas pero igualmente profundas.