Bajo tierra, sumergida en lluvia radioactiva, en rituales ancestrales, en pueblos que comen sus propios hijos: veinticinco relatos exploran mundos colapsados desde distintos ángulos.
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Bajo tierra, sumergida en lluvia radioactiva, en rituales ancestrales, en pueblos que comen sus propios hijos: veinticinco relatos exploran mundos colapsados desde distintos ángulos. Historias de separación, contaminación extrema, desaparición de niños y canibalismo ritualizado; absurdas y perturbadoras, pero no completamente sin esperanza. En sus grietas persiste el aliento de quienes se niegan a desaparecer.
Una mujer medicalizada habita un mundo subterráneo de toneladas de tierra y escombros; en galerías de arte lujosas alterna la contemplación de instalaciones abstractas con la angustia de no conectar con quien ama. En otra ciudad, el último sobreviviente agoniza bajo un cielo sin nubes, buscando agua que nunca llegará y niños que desaparecieron cuando se fue la lluvia.
Una joven acompaña a su abuela partera en expediciones nocturnas por aguas tóxicas. Durante partos entre la bruma envenenada, cumplen rituales ancestrales para liberar almas de recién nacidos antes de que sean devoradas por entidades espectrales que merodean. La abuela posee saberes transmitidos desde antes de la catástrofe ecológica que enterró a la ciudad bajo lluvia venenosa.
En un pueblo hambriento, existe una estructura ceremonial colosal: el Altar. Un carro adornado con máscaras antiguas que vehiculiza la voz del Alcalde, quien pronuncia sermones de culpa y escasez. Cada noche exige sacrificios voluntarios. Los pobladores, temerosos y hambrientos, marchan en fila para permitir que las ruedas los desgarren. Sus restos se transforman en alimento sagrado, en carne que sustenta brevemente a la comunidad. El Alcalde permanece oculto dentro de la estructura, engordando, tallando máscaras nuevas por cada muerto.
Una ciudad pierde simultáneamente sus nubes y sus niños. Sin lluvia, el clima se vuelve irrespirable. El asfalto se derrite. Los árboles mueren. La población colapsa sin poder comprender si fue castigo, consecuencia o simple coincidencia astronómica.
Estos son apenas cuatro de los veinticinco relatos que componen esta antología de distopías. Historias que habitan tiempos superpuestos: futuros próximos, lejanos o ya consumidos. Mundos donde la contaminación extrema, la ritualización del terror, la separación de seres queridos y la desaparición de descendencia generan diferentes formas del colapso.
La antología no celebra el nihilismo ingenuo. En sus grietas persisten actos pequeños de resistencia: rituales que se niegan a desaparecer, tradiciones que enfrentan la catástrofe, la obstinada continuidad de la vida aunque sea mediante el sacrificio. Absurdas, perturbadoras y frecuentemente proféticas, estas historias funcionan como un espejo incómodo de lo que ya estamos habitando.
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