Desde los cien metros de altura, una mujer se instala en el límite entre la vida y la ausencia. Rodeada de cristal vertical y aire puro, reflexiona sobre la desgracia de existir, la medicación como solución provisional, los recuerdos de…
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Desde los cien metros de altura, una mujer se instala en el límite entre la vida y la ausencia. Rodeada de cristal vertical y aire puro, reflexiona sobre la desgracia de existir, la medicación como solución provisional, los recuerdos de una infancia sofocante junto a una madre vigilante. Sus memorias se entrelazan con momentos presentes: el anuncio inesperado del embarazo de su hermana, encuentros con la muerte en las vías del tren, su vida como mujer lesbiana en un ático céntrico, y la búsqueda incesante de libertad en un mundo lleno de medidas de seguridad que pretenden salvar vidas que no desean ser salvadas.
Una mujer se posiciona en una construcción de cristal elevada a cien metros del suelo. Desde allí, donde el aire adquiere una densidad superior y la verticalidad del vidrio funciona como un límite habitable, reflexiona sobre la existencia como un estado liminal: simultáneamente presente y ausente, viva y no completamente incorporada al mundo. Este espacio vertical se convierte en su refugio para pensar sobre la desgracia fundamental de haber nacido y la perpetuación de esa desgracia mediante la vida misma.
La novela integra reflexiones existenciales con recuerdos fragmentados que moldean la comprensión de quién es esta mujer. Regresa a la infancia junto a una madre que insistía obsesivamente en llenarla de leche, obligándola a permanecer inmóvil tras cada vaso para evitar el malestar físico que provocaba la ingesta. Esos momentos definen su relación inaugural con el cuerpo: una incompatibilidad profunda, una extrañeza que permanece.
Cuando crece, el mundo adulto ofrece un remedio universal: la medicación. Observa cómo su padre, madre y hermana encuentran una paz provisional en fármacos que prometen redención química. Ella, en cambio, se niega. Habita deliberadamente el límite, ese espacio vertical donde es posible vivir con intensidad auténtica, donde la resistencia se convierte en la única forma genuina de existir.
Entre estas reflexiones surge un encuentro involuntario con la muerte: una visita a las vías del tren en un punto no controlado, donde avanza hacia el abismo como si su cuerpo tuviera voluntad propia de desaparecer. El tren llega, masivo y metálico, pero es demasiado largo, y algo en ella sostiene en el límite sin cruzarlo. Permanece al borde, consciente de haber rozado lo irreversible.
La memoria personal atraviesa todo: su tía cuestionándola sobre homosexualidad antes de un matrimonio convencional, años viviendo en un ático alquilando habitaciones a estudiantes internacionales, relaciones amorosas fragmentadas donde amantes se enamoraban de ella mientras permanecía incapaz de reciprocar, y el agotamiento de ser para alguien la razón de su felicidad o sufrimiento.
El presente más inmediato llega con la llamada de su hermana Cristina anunciando un nuevo embarazo. Ante esto, la protagonista despliega un monólogo simulado de entusiasmo que revela su profunda indiferencia hacia los códigos de la familia y la vida reproductiva. El mundo insiste en salvar a quienes no desean ser salvados, en imponer medidas de seguridad sobre quienes buscan simplemente desaparecer. La novela es una reflexión sin tregua sobre la imposibilidad de vivir sin dolor en un mundo que medicaliza la disconformidad y obliga a reproducir una existencia percibida como desgracia heredada.