En un departamento limeño, mientras reorganiza sus clósets para recibir a María Teresa, una periodista que lo entrevista, Alfredo Bryce Echenique abre su tercera entrega de Antimemorias.
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En un departamento limeño, mientras reorganiza sus clósets para recibir a María Teresa, una periodista que lo entrevista, Alfredo Bryce Echenique abre su tercera entrega de Antimemorias. Este volumen entrelaza ficción y realidad para narrar fragmentos de una vida dedicada a la literatura, la amistad y el amor. A través de anécdotas y encuentros memorables que atraviesan continentes, el escritor peruano reflexiona sobre su trayectoria mientras rinde homenaje a los poetas que lo acompañaron en su camino.
A través de retazos de vida, Alfredo Bryce Echenique abre estas Antimemorias con una escena cotidiana: una periodista llama a su puerta. María Teresa, bella y elegante, viene para entrevistarlo, pero su visita desencadena un caos doméstico en torno a los clósets del escritor. Imaginando el espacio que necesitará para guardar su ropa, Bryce Echenique se ve removiendo bicicletas y remos, toda su vida cotidiana reorganizada por la llegada de una mujer. Esta escena un tanto cómica sirve como puerta de entrada a un libro que mezcla inevitablemente ficción y realidad, concepto tomado del intelectual francés André Malraux.
El volumen alterna entre el presente de un escritor próximo a cumplir ochenta años en Lima y los recuerdos de su juventud parisina. En los años cincuenta y sesenta, compartiendo un cuarto bajo el techo de un edificio del Barrio Latino con obreros de múltiples nacionalidades, estudiantes franceses y personajes de oficio desconocido, Bryce Echenique descubrió la libertad que definió su sensibilidad de escritor. Aquel techo, con su baño turco compartido, albergaba una humanidad diversa que se reunía los domingos para paellas y cuscús.
Allí conoció a Maggie, la que sería su primera esposa, y a personajes memorables como Bernard, el ladrón que alardeaba de un diente de oro, y Enrique Álvarez de Manzaneda, el médico español que nunca ejerció su profesión. A lo largo del volumen, dedicatorias de poetas como Nicomedes Santa Cruz y Joaquín Sabina reconocen el papel central de la poesía en la formación de la voz de Bryce Echenique.
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