Alain Robert, un niño de once años, llega por primera vez a París en una madrugada gris. Lo acompaña un funcionario que lo guía entre los monumentos hacia el Hospital-Hospicio de Denfert-Rochereau.
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Alain Robert, un niño de once años, llega por primera vez a París en una madrugada gris. Lo acompaña un funcionario que lo guía entre los monumentos hacia el Hospital-Hospicio de Denfert-Rochereau. En el trayecto, presencia el perseguimiento de un perro perdido por la policía, un encuentro que le revela la fragilidad de los desprotegidos. Pronto se ve inmerso en el sistema de inspecciones médicas y registros administrativos, donde la burocracia importa más que las personas.
Alain Robert despierta en la madrugada y es conducido a través de París hacia el Hospital-Hospicio de Denfert-Rochereau. El muchacho de once años, con sus prendas demasiado grandes y los puños apretados, ve por primera vez en su vida un castillo —el Palacio de Justicia— emergiendo entre el polvo del sol parisino. La mano de su acompañante arde de calor, pero el niño permanece hosco y desconfiado.
Mientras recorren los puentes sobre el Sena, contempla a otro muchacho durmiendo en un barco entre macetas de flores: una visión de libertad que despierta en él el deseo de huir. Pero entonces aparece un perro perdido, desorientado, corriendo sin rumbo fijo entre los vehículos. Alain lo sigue con toda su atención. El animal, flaco y de pelo cobrizo, da vueltas en círculo, confundido. Los agentes de policía comienzan a acosarlo. Sin dudarlo, Alain sale corriendo, hurgando en sus bolsillos en busca de una cuerda. Logra atar el bramante alrededor del cuello del animal asustado, pero los guardias desconfían. En ese momento crucial, otro perro aparece desde los muelles: también perdido, también perseguido. Los dos animales se reúnen y juntos logran escapar hacia la orilla, salvados por el simple hecho de ser dos.
“Salvados porque son dos”, piensa Alain Robert. Pero ignora que el destino que une a los perros perdidos es el mismo que junta a los niños abandonados. En ese instante, en otro rincón de la ciudad, otro muchacho llamado Marco se dispone a encontrarse con él.
Cuando Alain cruza finalmente las puertas del hospital, comienza un periplo de exámenes, mediciones y registros exhaustivos. Su expediente administrativo lo acompaña de servicio en servicio como un compañero más importante que él mismo. Las enfermeras lo protegen con un ala azul mientras sostienen con la otra mano la carpeta de papeles que define su existencia legal. Lo tallan, lo pesan, le hacen toser y repetir números. Le palpan, le pinchan, le extraen sangre.
En la sección de niños, sus nuevos compañeros lo rodean con preguntas que rechaza con frialdad y desprecio, sumergiéndose en un mutismo defensivo. Uno le advierte que está en una cárcel, aunque Alain lo considera miserable por no tener siquiera expediente propio.
Poco después, una nota llama a Alain al despacho del doctor Clérant, del servicio médico-psico-pedagógico. Sus compañeros intercambian miradas cómplices, sugiriendo que lo consideran perturbado. El muchacho que lo acompaña lo advierte: es el médico de locos. Alain siente que las piernas le flaquean mientras baja las escaleras. Así comienza su encuentro con un sistema que intenta comprender la psicología de los niños perdidos, mientras en el mismo edificio otro pequeño, Alberto, responde con monosílabos a preguntas sobre familias y pertenencia que ha aprendido a rechazar.
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