La pianola suena cada día. En la calle barcelonesa de posguerra, entre balcones de cretona y geranios, vive una comunidad de personajes olvidados: Ginés, cuyo padre está en prisión; Aurora, la niña que cuida a su madre coja; Juanito Dolç,…
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La pianola suena cada día. En la calle barcelonesa de posguerra, entre balcones de cretona y geranios, vive una comunidad de personajes olvidados: Ginés, cuyo padre está en prisión; Aurora, la niña que cuida a su madre coja; Juanito Dolç, fantasma heroico de los juegos infantiles. Veinte años después, un periodista culto escribe en la madrugada, reflexionando sobre noticias internacionales y el precio silencioso de la verdad.
La pianola suena cada día en las calles de Barcelona. Tras la Guerra Civil, la vida cotidiana se desenvuelve entre el trapero, vendedores ambulantes y músicos callejeros que tocan para obtener algunas monedas. En este universo de posguerra, donde el dinero pierde valor, vive una comunidad de personajes conectados por la proximidad del barrio: la señora Paca con sus clavelinas, Doro vendiendo pan blanco y tabaco, los gitanos del Bar Moderno.
En el centro de esta narrativa está Ginés, cuyo padre permanece en la cárcel acusado de rojo. Su silencio ante la crueldad es más elocuente que cualquier palabra; responde con un regalo: una goma de borrar grande, amarilla, tibia. Los niños juegan de balcón a balcón, fingiendo ser trenes que se persiguen. La Rosita se lanzó por el balcón cuando el dinero republicano se desvalorizó. La hermana de Juanito Dolç lleva una enorme bota negra y un bastón gastado. Aurora, la niña de ocho años que sabe poner una olla con agua en el fogón, es amada y protegida por todas las vecinas.
Juanito Dolç es una leyenda del barrio. Se dice que fue de la FAI, que incendió iglesias durante los primeros días de la revolución. El niño lo imagina como un gigante de cuero, un héroe anarquista saltando de balcón a balcón como Tarzán, repartiendo jamones y derrotando enemigos. Dibuja muñecos de cartón azul con las letras FAI en el pecho; en los balcones se desarrollan batallas épicas donde Juanito Dolç siempre gana. Luego, años después, ve al hombre real: un borracho andrajoso, de pulmones dañados, durmiendo entre los escombros de la antigua cárcel.
Veinte años más tarde, en 1965, la perspectiva cambia. Un periodista que ha estudiado Deontología Profesional se sienta ante el teletipo en la madrugada, jefe de Política Internacional de un importante rotativo provincial. Lee noticias sobre Yakarta, se imagina multitudes en llamas, se viste mentalmente de reconciliador entre Alá y Marx. Ha aprendido que la verdad tiene niveles, que a veces no decir toda la verdad es una forma superior de verdad. Cuando De Gaulle subió al poder en 1958, descubrió que detrás de la historia no estaba la Providencia, sino fuerzas financieras ocultas, una revelación que le causó una crisis profunda. Ahora reflexiona sobre el conocimiento, el silencio, la verdad callada y el precio de la información.
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