En la madrugada del Amazonas, un piloto intenta robar los planos de una red de contrabando de armas. Descubierto en la hacienda fortificada, huye hacia la selva perseguido por guardias y perros de presa.
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En la madrugada del Amazonas, un piloto intenta robar los planos de una red de contrabando de armas. Descubierto en la hacienda fortificada, huye hacia la selva perseguido por guardias y perros de presa. Su carrera nocturna lo lleva hasta el río, donde encuentra su fin. Su muerte abre un interrogante para Werner Traütloff, el líder de la organización: alguien desde adentro lo había reclutado.
En las aguas oscuras del Amazonas, treinta millas mar dentro, ocurre una operación de contrabando coordinada. Un carguero bajo la luna transfiere cajas de fusiles, ametralladoras y municiones a un pescador costero. Las armas, embaladas en cajas de una compañía agrícola ficticia, remontan el río en lanchas por los caños del delta. Luego, camiones militares las entregan en una pista de aterrizaje clandestina donde dos avionetas aguardan.
Werner Traütloff supervisa la operación. Es el arquitecto de esta red criminal, un hombre aristocrático y reconcentrado que fuma su pipa observando el trabajo. Entre los pilotos está Costa, quien participa en la empresa durante cinco años sin mostrar deslealtad alguna.
Pero esa noche Costa traiciona. Abandona su avión con intenciones distintas. Sortea al centinela, fuerza una ventana de la hacienda y penetra el despacho amueblado con acero especial. Frente a la caja de caudales acopla su linterna y tantea la combinación. Cuando accede a los documentos, la alarma estalla en la noche.
Costa pretendía los planos maestros: ubicación exacta de cada bodega, puntos de transbordo, horarios de entrega, estructura completa de la red. Los documentos revelaban todo lo necesario para destruirla de un golpe coordinado. Traía una cámara japonesa disfrazada de encendedor para copiar cada página sin dejar rastro.
La persecución comienza cuando Traütloff lo descubre. Una sirena rasga la madrugada. Los guardias corren armados. Los perros de presa despiertan y aullan. Costa huye hacia la selva en la oscuridad absoluta, tropezando con lianas y raíces, sabiendo que captura significa muerte. La jungla se convierte en su arena final. Corre hacia el río, único escape posible, pero la distancia se acorta. Los perros no ladran, lo que es peor.
Casi alcanza el río. Su silueta se recorta contra la claridad lunar reflejada en el agua. Es el error final. Una metralleta crepita. Costa cae en la orilla. Los perros rematan su intento con fauces despiadadas.
Traütloff examina los restos con expresión ausente. Los bolsillos contienen solo dinero y una fotografía de una mujer joven que sonríe. Lo que lo atormentará es la pregunta devastadora: ¿quién, desde dentro de su organización, reclutó a Costa? Un traidor lleva cinco años oculto en la red.
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