Rosalie abre los ojos en la mañana siguiente a su noche de bodas, insatisfecha. Su matrimonio con Laurent, un hombre quince años mayor y de frágil salud, no promete lo que imaginaba.
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Rosalie abre los ojos en la mañana siguiente a su noche de bodas, insatisfecha. Su matrimonio con Laurent, un hombre quince años mayor y de frágil salud, no promete lo que imaginaba. Aburrida en un pueblo costero gris, aceptan explorar un buque mercante abandonado varado en la playa. Mientras recorren sus bodegas oscuras y deterioradas, una marea extraordinaria asciende. El agua los atrapa dentro del casco viejo. El barco se tambalea, Laurent desaparece en la confusión, y Rosalie queda sola en la cubierta bajo una luna portentosa.
La decepción es lo primero que Rosalie siente al despertar la mañana después de su boda. El matrimonio con Laurent, un hombre acaudalado pero físicamente debilitado, no ha traído los momentos apasionados que sus amigas le relataban. Ella, de buena familia aunque menos adinerada, se ve atrapada en un viaje de bodas que la mantiene alejada de las diversiones que ansía.
En un pueblo marítimo gris y solitario, Laurent le propone explorar un buque abandonado descubierto en sus paseos. El barco mercante, negro y oxidado, yace inclinado sobre la arena, testigo de alguna tormenta antigua. Rosalie lo ve como diversión de niños, pero accede.
Saltan del cabriolé al interior del casco por un agujero de dos metros. El barco es laberinto de escaleras, pasadizos y bodegas oscuras. Avanzan paseando entre espacios donde alguna vez hubo vida: camarotes, salas inundadas, bodegas de carga tan vastas que sus gritos evocan ecos fantasmales.
Cuando emergen a la cubierta, el día se desvanece. Pero hay algo perturbador: el mar ha invadido la playa. Una pleamar extraordinaria, quizás de las que ocurren solo algunas veces al año, ha cubierto todo. No hay orilla visible. Las aguas rodean el barco.
Laurent habla de ciclos lunares y fuerzas astronómicas, del reflujo que llegará en horas. Pero el viejo buque no está estable. Se balancea, cambia de inclinación. En un movimiento violento, Rosalie rueda por la cubierta, casi cae al agua espumosa. Laurent no responde. Desaparece en la confusión y la oscuridad.
Rosalie queda sola en el casco tembloroso, rodeada de aguas que suben inexorables. Una luna llena enorme emerge sin nubes, tan próxima que parece anómala. Los antiguos campesinos la llamaban luna gélida, capaz de matar con sus rayos de plata. Rosalie aparta la vista, huyendo de esa mirada cósmica, y se interna en las tinieblas del buque, a merced de las aguas y la noche.
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