Un delegado provincial encomienda a un maestro la tarea de fundar una colonia educativa para menores delincuentes. Sin recursos ni edificios adecuados, el director Makarenko emprende la creación de una escuela donde la pedagogía…
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Un delegado provincial encomienda a un maestro la tarea de fundar una colonia educativa para menores delincuentes. Sin recursos ni edificios adecuados, el director Makarenko emprende la creación de una escuela donde la pedagogía revolucionaria deberá forjar el «hombre nuevo». Los primeros seis educandos llegan con expedientes por asalto y robo, pero se niegan categóricamente a seguir las normas establecidas. En el bosque aislado, con apenas personal y recursos, comienza un experimento que cuestiona los fundamentos de la educación tradicional.
La conversación inicial entre el delegado provincial y el maestro establece el dilema pedagógico de la Rusia revolucionaria: cómo educar a los nuevos ciudadanos cuando falta todo —edificios, recursos, métodos comprobados. El delegado, exasperado por las quejas sobre las condiciones, ofrece un sitio alejado, dinero para organización y una misión clara: forjar hombres nuevos. El maestro acepta, aunque admite no saber cómo hacerlo.
A seis kilómetros de Poltava, en un bosque de pinos con apenas cinco edificios de ladrillos, se establece la colonia. Kalina Ivánovich, el administrador, es un hombre paradójico: antiguo húsar con cincuenta años de actividades diversas, incapaz de tomar decisiones pero lleno de energía y sentido práctico. Junto a él, el director logra preparar los cuarteles, reparar daños y obtener provisiones. Llegan dos educadoras: Lidia Petrovna, joven e ingenua, recién salida del liceo; y Ekaterina Grigórievna, una mujer seria y experimentada. Todo parece estar dispuesto.
El 4 de diciembre arriban los primeros seis educandos. Sus expedientes revelan delitos graves: cuatro por asalto a mano armada, dos por robo. Pero visten con elegancia, peinados a la moda, sin apariencia de abandono. Durante la recepción, el director pronuncia un discurso sobre la nueva vida de trabajo. Los jóvenes apenas lo escuchan, sonríen con desprecio ante los catres simples y las ventanas sin pintar. Uno de ellos interrumpe en voz alta: «¡Por culpa tuya nos hemos metido en este lío!».
Los días siguientes revelan un conflicto fundamental: los educandos ignoran las órdenes, se van de la colonia al atardecer y regresan por la mañana. Una semana después, Bendiuk es detenido por asesinato. Lidia Petrovna llora en su habitación. Ekaterina Grigórievna admite no saber qué tono emplear. El bosque desierto, los catres plegables, la media docena de jóvenes que niegan categóricamente toda pedagogía y cultura: todo contrasta con la experiencia escolar anterior. En las largas veladas invernales, iluminadas por quinqués humeantes, cuando la nieve cubre el patio, surge una pregunta silenciosa: ¿es posible educar a quienes rechazan ser educados?
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