Desde un hospital psiquiátrico en Las Palmas, Leopoldo María Panero despliega entre 2001 y 2010 una escritura donde el yo ha desaparecido. Veinticuatro títulos componen el testimonio de una voz que habla después de la muerte del sujeto,…
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Desde un hospital psiquiátrico en Las Palmas, Leopoldo María Panero despliega entre 2001 y 2010 una escritura donde el yo ha desaparecido. Veinticuatro títulos componen el testimonio de una voz que habla después de la muerte del sujeto, desde la ruina de la identidad y la certeza de un fin ya acontecido. La poesía se convierte en acta de tormento, clamor contra la experiencia misma de vivir.
El 21 de julio de 1997, Leopoldo María Panero abandona el sanatorio de Mondragón tras una fuga. Tres meses después ingresa voluntariamente en el Hospital Psiquiátrico Insular de Las Palmas, donde residiría desde entonces. Desde ese lugar escribiría entre 2001 y 2010 veinticuatro libros de poesía, fruto de un ritmo de escritura que funciona como compulsión, como ritual que el poeta no puede abandonar.
Su obra de estos años se pronuncia desde un lugar de extinción. El sujeto poético ha experimentado un tránsito irreversible hacia la nada. No es la última palabra la que se escucha aquí, sino la palabra póstuma: la dicha después de la desaparición del mundo, la humanidad y el yo. Por eso la identidad de quien habla en los poemas se disuelve: es mujer barbuda, escarabajo, gólem, sapo. El vacío ha ocupado el lugar donde residía la identidad coherente.
La poesía carga un léxico persistente de la ruina: desolación, desastre, catástrofe, terror, angustia. El dolor de existir impregna cada verso como un hecho inequívoco. No busca consuelo ni belleza; es acta de maldición contra la vida, testimonio de su carácter atroz. Panero convoca una onomástica de infiernos y dioses del mal: Yemayá, Belcebú, Satán, Hécate, Kali. Un sincretismo donde mitologías y religiones convergen para nombrar lo destruido, la muerte ya ocurrida, la exclusión del internado.
La singularidad de esta obra reside en que rechaza los criterios estéticos convencionales. Si el mundo ha terminado, ¿qué sentido tienen las formas poéticas heredadas? Se trata de una postpoesía, palabra escrita en el borde de la significación, frecuentemente identificada con la nada. Aquí el poema no busca ser escuchado; habla como la palabra de la locura, para nadie, sin audiencia. Y en esa soledad radica tanto su fragilidad como su persistencia.
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