Diana contempla la tarde desde su cuarto. A los veinte años está prometida con Félix, su primo ciego, en un compromiso nacido de la deuda. Cuando su padre murió, dejó a la familia en la miseria; fue Félix quien los salvó, quien pagó los…
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Diana contempla la tarde desde su cuarto. A los veinte años está prometida con Félix, su primo ciego, en un compromiso nacido de la deuda. Cuando su padre murió, dejó a la familia en la miseria; fue Félix quien los salvó, quien pagó los estudios de Rafael y permitió su prosperidad. Ahora Diana sirve café a su prometido en la terraza compartida, sosteniendo un silencio que pesa más que cualquier palabra. Existe en ella un conflicto profundo: entre la lealtad que cree adeuda y los sentimientos que jamás pudo entregar. La promesa matrimonial se alza como aceptación del destino.
En una tarde sofocante, en la casa donde conviven dos familias unidas no solo por la sangre sino por la memoria de favores nunca saldados, Diana regresa del trabajo para enfrentarse al mismo ritual diario: encontrarse con Félix en la terraza compartida. A los veinte años, la joven es hermosa, cultivada, trabajadora en la oficina de su cuñado; pero también es portadora de un secreto que ha aprendido a guardar en el más profundo silencio. No ama a Félix, su prometido; sin embargo, está destinada a casarse con él porque la vida la ha colocado en una posición de la que no puede escapar.
Rafael, su hermano mayor, reconoce esta verdad en sus ojos y se atreve a cuestionarla frente a su madre. ¿Cómo puede Diana casarse por gratitud, convertir la deuda en matrimonio? El razonamiento de Rafael es lógico: Félix, aunque noble y bueno, no puede ser amado simplemente porque la familia le debe todo. Pero Diana sabe algo que su hermano tal vez no comprenda del todo: la promesa ya fue hecha, la palabra fue dada.
Años atrás, cuando Félix le declaró su amor por primera vez, Diana sufrió una tortura interior. Estimaba a su primo como a un hermano, nada más. Pero ¿cómo negarle cuando se lo debían todo? El accidente que dejó ciego a Félix solo reforzó su determinación de no volver atrás. Si antes estaba dispuesta a sacrificarse, ahora, ante su invalidez, no podría honestamente desertar. En su mente se configuró una narrativa de destino inevitable: ella sería el lazarillo dócil y silencioso de Félix Regueral, el precio que la vida le había puesto por cobrar.
Mientras tanto, Félix espera la visita de Juan Pedro Azpeitia, un antiguo amigo ingeniero que viene a la ciudad como director de una fábrica de automóviles. En ese gesto de anticipación, en esa pequeña esperanza de reconexión con su pasado, se revela cuánto ha perdido el hombre ciego más allá de la vista: la posibilidad de vivir una vida que no esté marcada por la compasión ajena. Diana sirve el café con sus manos, enciende el cigarrillo que Félix fuma, pero su alma permanece en otro lugar, observando desde una ventana que nadie puede traspasar.
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