Un ensayo meditativo que reflexiona sobre el legado de León Tolstói a ciento cincuenta años de su nacimiento. El autor cuestiona por qué la paz y el humanitarismo han dejado de estar de moda, examina la paradoja de que el conocimiento…
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Un ensayo meditativo que reflexiona sobre el legado de León Tolstói a ciento cincuenta años de su nacimiento. El autor cuestiona por qué la paz y el humanitarismo han dejado de estar de moda, examina la paradoja de que el conocimiento coexiste con incapacidad para evitar la violencia, y contempla los milagros cotidianos que ignoramos. Pasando por Ramón y Cajal y Einstein, el ensayo culmina en una reflexión sobre el corazón como máquina perfecta que debería permitir la vida eterna pero que, paradójicamente, nos autoriza a morir.
Cuando Alejandra Tolstói aparece en televisión a los noventa y cuatro años, sus palabras evocan una verdad incómoda: su padre no podría vivir en el mundo de hoy. Este ensayo toma esa observación como punto de partida para una meditación profunda sobre el ocaso del pacifismo en la época contemporánea. El autor examina cómo la paz ha dejado de estar de moda. Mientras Gandhi y Martin Luther King siguieron la doctrina tolstoiana de la no resistencia al mal, ambos fueron asesinados, como si el pacifismo estimulara a los criminales. En un mundo donde cristianos se matan en Irlanda y árabes, judíos y cristianos comparten un mismo Dios pero se asesinan mutuamente en Oriente Próximo, la pregunta es inevitable: ¿qué locura es ésta? La obra de Tolstói enriqueció a la humanidad sin enseñar nada a los hombres. Sus novelas revelan nuevas miserias, pero los lectores aprenden solamente a gozarlas como en un bonito sueño. El verdadero problema no es la deshumanización del arte, sino una manera diferente de sentir lo humano que ha invadido lo religioso y lo político. El ensayo reflexiona luego sobre la celebridad y sus cargas: Tolstói, Ramón y Cajal y Einstein sufrieron al convertirse de hombres en nombres, perdiendo privacidad y responsabilidad ordinaria. Pero el pensamiento cobra mayor vuelo en la contemplación del cerebro humano. ¿Es un privilegio de la especie o una enfermedad que nos lleva a crear tanto belleza como devastación? La misma fórmula de Einstein produjo la bomba atómica. Los dragones nacen en nuestro cerebro. En escala cósmica, la humanidad nació hace apenas dos o tres horas. No se nos puede pedir mucho cuando aún lloramos y mojamos los pañales. Sin embargo, fabricamos neutrones y meditamos sobre nuestras medulas. La obra de Sagan sobre los dragones del Edén sirve de trampolín para reflexiones sobre neurología, historia y destino humano. El ensayo cierra con una revelación asombrosa: el corazón es la máquina más perfecta jamás imaginada. Renueva el cuerpo entero cada año, bombea diez toneladas de sangre diaria, produce su propia electricidad. Todos los átomos que nos constituyen serán reemplazados en doce meses. Por lógica, nuestro cuerpo debería vivir eternamente. ¿Por qué morimos? Quizás el corazón nos concede la fatiga que hace deseable la muerte. El corazón nos preside física, moral, afectiva, emotiva e intelectualmente. Solo el corazón crea otro corazón mediante el amor. Pero ignoramos sistemáticamente los milagros implícitos en la vida cotidiana, dando por sabidas todas las cosas.
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