En 1934, cuando Buenos Aires se descubrió cristiana en el Congreso Eucarístico Internacional, Argentina gestaba un mito que moldearía su política: la fusión entre fe católica e identidad nacional.
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En 1934, cuando Buenos Aires se descubrió cristiana en el Congreso Eucarístico Internacional, Argentina gestaba un mito que moldearía su política: la fusión entre fe católica e identidad nacional. Loris Zanatta reconstruye cómo una clase dirigente que buscó secularizar el país consolidó una religiosidad estatal donde la Iglesia arbitraba la vida política. Desde el peronismo hasta Bergoglio, el libro desentraña las raíces de una simbiosis que fortaleció a la Iglesia pero fragilizó la democracia.
Durante el Congreso Eucarístico Internacional de 1934, Buenos Aires se descubrió cristiana. Aquel evento, abierto por el cardenal Pacelli, futuro Pío XII, marcó el apogeo de una transformación que había ido cristalizándose desde principios del siglo XX: la fusión entre identidad nacional y fe católica en Argentina.
Loris Zanatta reconstruye cómo una clase dirigente del siglo XIX, embebida de ideales liberales e iluministas, intentó secularizar el país, separando Estado e Iglesia, ciudadanía de religiosidad. Sin embargo, en su temor al poder clerical, optó por controlarlo antes que emanciparlo. Cuando el desarrollo acelerado y la inmigración masiva pusieron en crisis la cohesión social, emergió la demanda de identidad. ¿Qué mejor cimiento para unir una nación fragmentada entre modernidad y tradición que la catolicidad, herencia común de criollos e inmigrantes?
Así nació el «mito de la nación católica»: la idea de que nacionalidad y religiosidad coinciden, que la Iglesia no es parte sino conjunto, árbitro que establece las reglas del juego político. El peronismo consolidó esta fusión de manera radical, traduciendo doctrina social católica en ideología estatal, hasta que la luna de miel terminó en conflicto abierto. Las décadas de violencia que siguieron, incluida la dictadura militar, expusieron las fracturas de un mito que pretendía unificar lo que era irremediablemente plural.
La transición democrática no clausuró el mito. Seguía operante, seguía condicionando decisiones políticas, seguía siendo la brújula moral de amplios sectores. Jorge Mario Bergoglio emergió en este contexto como figura central: primero como jesuita formado en la tradición nacional-católica, luego como obispo y cardenal, finalmente como Papa que retorna, desde el Vaticano, a los temas que lo formaron. Zanatta analiza cómo la trayectoria de Bergoglio, lejos de ser ajena al mito, está profundamente tejida en sus fundamentos.
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