Ryan Pearce descubre el cuerpo inerte de Jake Pritchard en su casa del acantilado, con la cabeza destrozada. Semanas atrás, Edie—esposa de Jake y mejor amiga de Ryan—lo había abandonado tras una pelea.
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Ryan Pearce descubre el cuerpo inerte de Jake Pritchard en su casa del acantilado, con la cabeza destrozada. Semanas atrás, Edie—esposa de Jake y mejor amiga de Ryan—lo había abandonado tras una pelea. Ahora, mientras la policía investiga un posible robo fallido, emergen secretos sobre la amistad inseparable de tres personas y una atracción que jamás debería haber existido.
Jake Pritchard yace inerte en el suelo de su casa del acantilado, con la cabeza destrozada en un halo de sangre viscosa. Ryan Pearce está arrodillado junto a él, temblando, con un objeto de cristal manchado en la mano. Apenas ha pasado la mañana cuando la policía llega a investigar lo que todos creen es un robo que terminó en tragedia.
Mientras Ryan presta declaración en la comisaría, Edie recibe la noticia de boca de dos uniformados que tocan a su puerta. Su marido Jake ha muerto. A través del shock inicial va emergiendo un horrible recuerdo: hace apenas dos semanas ella lo había abandonado tras una pelea que se tornó venenosa. Le dijo que era un desequilibrado paranoico, un fracasado. Le dijo que odiaba la casa del acantilado y que quería marcharse. Y así lo hizo.
Desde la infancia, los tres habían sido inseparables. Cuando Edie cumplió doce años y se mudó a Sussex, la soledad familiar que la sofocaba fue mitigada por el encuentro con dos chicos que descendieron de una colina en bicicleta justo cuando ella se levantaba del polvo. Un hoyuelo profundo, una sonrisa, una mano tendida. Ryan y Jake se convirtieron en sus hermanos de facto, la unidad que faltaba en su vida.
Pero el tiempo erosiona lo puro. El matrimonio entre Edie y Jake comenzó a fracturarse bajo el peso de las sospechas y los celos. Ryan se convirtió en testigo silencioso de cada grieta, en el refugio seguro al que ella acudía durante las noches. Bebían vino en el sofá del apartamento, reían juntos, permitían que sus manos se rozaran. Ambos sabían lo que estaba sucediendo, pero ninguno se atrevía a nombrarlo.
Ahora Jake está muerto. Ryan regresa a trabajar como si nada hubiera sucedido. Edie permanece destrozada en el sofá, envuelta en culpa y duelo. Entre la escena del crimen, los interrogatorios y las mentiras que cada uno ha tejido, emergen preguntas peligrosas: ¿fue realmente un robo fallido? ¿Por qué Ryan llevaba ese objeto de cristal manchado de sangre? ¿Qué secretos siguen ocultos en esa casa del acantilado?