Rae Kelly entra resuelta en la Delegación del FBI de Miami para reportar la desaparición de su hermana Lucille, raptada hace cuarenta y cuatro horas por un hombre de aspecto desagradable.
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Rae Kelly entra resuelta en la Delegación del FBI de Miami para reportar la desaparición de su hermana Lucille, raptada hace cuarenta y cuatro horas por un hombre de aspecto desagradable. Sospecha que su cuñado Jerry, casado con Lucille pero envuelto en una nueva relación, ordenó el rapto para deshacerse de ella. El inspector Donner asigna al agente Rufus Sebastian, investigador tenaz y curtido, para esclarecer los hechos.
Rae Kelly irrumpe en la Delegación del FBI de Miami con la urgencia de quien carga consigo un secreto peligroso. Hermosa y resuelta, deja tras de sí admiración mientras se abre paso hasta el despacho del inspector Isaac Donner. Su hermana Lucille ha desaparecido hace exactamente cuarenta y cuatro horas, y no es una ausencia casual.
Todo sucedió en el Mozambique, un nightclub de Miami Beach. Rae y su hermana se encontraban allí con Paul Bittelman, socio de Jerry Howe, cuando un camarero entregó un papel a Lucille. Tras leerlo, Lucille se levantó sin explicación, murmurando apenas un «hasta luego», y se alejó con un hombre de aspecto rudo y desagradable, de los que no encajan en los círculos sociales de las mujeres Kelly.
Lo que Rae sugiere es oscuro: su cuñado Jerry Howe, el marido de Lucille, quien supuestamente descansa en una cabaña entre los Everglades cazando patos, podría haber contratado el rapto. La razón es tan antigua como los crímenes pasionales: Jerry se ha cansado de su esposa, se ha envuelto con otra mujer, y ahora que ha ascendido a socio activo de la empresa familiar, desea liberarse del obstáculo que representa Lucille.
El inspector Donner, imperturbable y astuto, reconoce en la historia elementos de una posible trama criminal. Pero aconseja prudencia. Reduce la denuncia a lo factual: la desaparición de una mujer. Luego asigna a Rufus Sebastian, agente especial del FBI de formas directas, mirada penetrante y ninguna pretensión de agrado físico. Sebastian es descrito como el más feroz perro de presa de la Delegación, capacidad que contrasta deliberadamente con la belleza de Rae Kelly.
Juntos inician el rastreo: revisar cientos de fotografías para identificar al hombre que se llevó a Lucille. La búsqueda es larga, concentrada, incómoda en la proximidad forzada entre una mujer acostumbrada a admiración y un agente que trabaja sin sonreír, movido por la precisión profesional. Cuando Rae finalmente señala una fotografía, Sebastian descubre que el sospechoso es Joey Hatton, un nombre en los archivos del FBI, una pieza más en el engranaje de una investigación que apenas comienza.
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