Sallie McBride, joven privilegiada acostumbrada a la vida social, asume la dirección del Orfanato John Grier. Una noche de nieve marca su llegada a una institución deprimente donde cien niños viven sin alegría, sin saber jugar ni reír.
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Sallie McBride, joven privilegiada acostumbrada a la vida social, asume la dirección del Orfanato John Grier. Una noche de nieve marca su llegada a una institución deprimente donde cien niños viven sin alegría, sin saber jugar ni reír. Allí conoce al severo doctor Robin McRae, con quien entra en constante conflicto sobre cómo cuidar a los huérfanos. Sus diferencias esconden una conexión inesperada que los une más allá de sus disputas profesionales.
Una noche de nieve sorprende a Sallie McBride a las puertas del Orfanato John Grier. La joven acomodada, acostumbrada a la vida social, ha aceptado dirigir la institución por insistencia de sus amigos Judy y Jervie, quienes esperan que la transforme con una generosa donación. Sallie llega acompañada de su doncella Jane y su perro chino, una extraña combinación que desconcierta al personal.
Lo que encuentra la conmociona profundamente. El orfanato es un lugar deprimente: paredes desnudas, mesas de hule roto, platos de hojalata, y un olor penetrante que impregna cada espacio. Cien niños viven allí uniformados a cuadros negros, pálidos e indiferentes. En el comedor cuelga un letrero: “El Señor proveerá”, una frase que Sallie encuentra amargamente irónica. Lo más perturbador es el patio, donde los huérfanos no saben jugar. No corren, no ríen. Solo aguardan pacientemente a que les permitan regresar adentro.
Inmediatamente comienza sus reformas. Abre las ventanas de los dormitorios, compra botellas de agua caliente y mantas abrigadas, reorganiza la decoración. Pero no está sola: aparece el doctor Robin McRae, médico escocés de la institución. Es alto, delgado, con ojos fríos y grises que nunca sonríen. Parece llevar el peso de todos los sufrimientos del mundo. Desde el primer encuentro, queda claro que no comparten la misma visión.
Mientras Sallie se preocupa por dignificar el peinado de las niñas y cambiar sus monótonos vestidos, el doctor insiste en cuestiones de higiene que ella considera mundanas. Cuando ella quiere pintar el laboratorio de color crema, él se resiste. Cuando ella ordena abrir las ventanas, él las cierra. Sus discusiones son constantes, apasionadas, a veces hilarantes en su terquedad mutua.
Sin embargo, algo peculiar ocurre. A pesar de sus choques frecuentes, establecen una tregua de trabajo. Descubren que ambos pueden colaborar hacia el mismo objetivo: el bienestar de los niños. El doctor es testarudo y tenaz como solo un escocés puede serlo; Sallie es decidida e ingeniosa. Lentamente, sus encuentros cotidianos revelan capas más profundas en ambos personajes.
Mientras tanto, Sallie recibe cartas de Gordon Hallock, un político encantador que desea que abandone el orfanato. Pero descubre en sí misma una vocación que trasciende su vida frívola anterior. No puede abandonar a estos niños, no puede abandonar esta empresa. Y entre las reformas que implementa, entre las noches sin dormir, entre los conflictos con el doctor McRae que parece juzgarla constantemente, algo más profundo que la amistad comienza a germinar entre ellos.
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