En la oficina de un editor de arte de Nueva York, Lawrence Kelly discute ferozmente con su jefe Harry Furst sobre los contrastes de color en un grabado de La Divina Comedia.
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En la oficina de un editor de arte de Nueva York, Lawrence Kelly discute ferozmente con su jefe Harry Furst sobre los contrastes de color en un grabado de La Divina Comedia. Furst, un empresario exitoso que ha llegado del negocio de embutidos, despide a Kelly sin contemplaciones, aunque este implora un aplazamiento debido a su inminente boda. Horas después, Kelly regresa a la oficina y descubre a Furst muerto, acuchillado en la espalda. Como único visitante confirmado, Kelly se convierte en el principal sospechoso de un crimen que no cometió.
Lawrence Kelly es un asesor artístico en la editorial de lujo de Harry Furst, un empresario neoyorquino que ha construido su fortuna en el negocio de los embutidos. Cuando Furst decide lanzar una edición de lujo de La Divina Comedia con grabados del afamado pintor Henry Sinclair, Kelly es contratado para evaluar la calidad artística de las ilustraciones. Sin embargo, sus criterios profesionales chocan frontalmente con las decisiones arbitrarias del editor. En una acalorada confrontación, Furst rechaza la opinión experta de Kelly sobre un grabado y lo despide sin aviso, pese a que el joven está a punto de casarse al cabo de dos días y necesita el empleo.
Desesperado y atrapado entre la obligación de casarse y la pérdida inesperada de ingresos, Kelly intenta una última negociación. Pide tan solo una prórroga de tres o cuatro meses para resolver su situación económica, pero Furst se mantiene inflexible. Con las emociones a flor de piel, Kelly se retira a su despacho. Sus colegas —Nils Larmont, un asesor literario especializado en la Divina Comedia, y otros empleados— advierten su angustia. Algunos lo animan a no rendirse, a volver a hablar con el jefe.
A media tarde, desconsolado, Kelly se retira a un bar cercano donde toma algunos tragos. Cuando regresa a la oficina alrededor de las seis y media, encuentra a Furst en su despacho. El editor lo despide nuevamente de su presencia, argumentando que espera un visitante importante. Kelly accede a esperar media hora y se retira. Pero cuando entra nuevamente en el despacho de Furst, descubre algo terrible: su jefe está muerto, un cortaplumas hundido entre los omóplatos.
En ese instante, la vida de Lawrence Kelly cambia para siempre. No cometió el crimen, pero todas las circunstancias lo señalan como culpable: fue visto subiendo a la oficina poco antes de la muerte, fue el último en ver a Furst con vida, y el ascensorista confirma que nadie más entró después de él. Kelly se debate entre el impulso de llamar a la policía y la certeza de que será acusado sin remedio. Su situación se vuelve desesperada: a punto de casarse, desempleado, y ahora envuelto en un crimen que no cometió.
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