Un magistrado se rehúsa a condenar a muerte a generales mediante un procedimiento ilícito, aunque la asamblea lo amenaza. Así era Sócrates: austeridad y coherencia inquebrantables.
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Un magistrado se rehúsa a condenar a muerte a generales mediante un procedimiento ilícito, aunque la asamblea lo amenaza. Así era Sócrates: austeridad y coherencia inquebrantables. Jenofonte reconstruye el retrato de un filósofo acusado de impiedad y de corromper a la juventud, pero cuya vida práctica desmentía ambas acusaciones. Estos Recuerdos ofrecen una visión del maestro alejada de especulaciones abstractas, enfocada en cuestiones humanas: virtud, justicia, prudencia.
Jenofonte, quien frecuentó a Sócrates en su juventud, compuso estos Recuerdos para defender al filósofo de las acusaciones que lo llevaron a la muerte: impiedad y corrupción de la juventud. Pero no lo hace mediante argumentos abstractos, sino reconstruyendo escenas de la vida cotidiana del maestro.
Abre con una escena cardinal: Sócrates como consejero, bajo juramento de cumplir las leyes, presidiendo la asamblea cuando el pueblo exige condenar ilegalmente a nueve generales. Frente a la multitud enardecida y las amenazas de personajes influyentes, se niega a proceder. Tiene más valor sostener el juramento que ganarse el favor popular contra toda justicia. Esta anécdota sintetiza su carácter: creía que los dioses lo sabían todo, que estaban presentes en cada rincón y daban señales a los hombres sobre sus asuntos. No podía actuar contra su conciencia.
La acusación de impiedad es refutada mediante detalles concretos. Sócrates hacía sacrificios frecuentes, en su casa y en los altares públicos; creía en la adivinación y decía que la divinidad le daba señales, pero no introducía dioses nuevos, solo el convencimiento de que lo divino guía lo que los hombres no pueden comprender por razón pura. Sobre cuestiones donde la inteligencia humana gobierna —elegir un buen conductor, un buen piloto—, rechazaba consultar oráculos. Pero en lo que está vedado a los mortales —quién recogerá la cosecha, si la esposa será desgraciada, si los parientes traerán ruina—, confiaba en los dioses.
Tampoco podría haber corrompido a la juventud. Era el más austero de los hombres para los placeres del amor y la comida; soportaba el frío y el calor sin queja; vivía con tan pocas necesidades que una fortuna pequeña le bastaba con holgura. No predicaba la virtud como maestro pagado —acusaba de venderse como esclavos a quienes cobraban dinero por conversar—, sino que la encarnaba. Rodeado de esta abstención, confiaba en que sus discípulos llegarían a ser buenos amigos suyos de por vida.
¿Y los casos de Critias y Alcibíades, acusadores, ambiciosos de nacimiento? Ambos buscaron a Sócrates esperando aprender el arte de hablar y obrar, de dominar a otros con la razón como él lo hacía. Pero ambos eran demasiado ambiciosos: en cuanto se sintieron superiores a sus compañeros, se apartaron del filósofo y se dedicaron a la política. La educación no es una adquisición permanente; requiere práctica continua. Así como los poemas olvidados dejan de moverse en la memoria, los discursos de virtud caen en olvido sin ejercitación. Y con ellos, la prudencia misma.
Los Recuerdos de Jenofonte presentan un Sócrates distinto al de los diálogos platónicos, no como portavoz de sistemas especulativos, sino como hombre que conversaba sobre cuestiones humanas: qué es lo piadoso, lo justo, lo valiente, lo sensato. Sencillo, práctico, encarnado en la vida cotidiana.
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