Una cena nocturna en Londres donde Mike Schofield recibe al renombrado gourmet Richard Pratt. Bajo la apariencia de una velada gastronómica se teje una tensión creciente cuando se propone una apuesta sobre identificar un vino clarete.
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Una cena nocturna en Londres donde Mike Schofield recibe al renombrado gourmet Richard Pratt. Bajo la apariencia de una velada gastronómica se teje una tensión creciente cuando se propone una apuesta sobre identificar un vino clarete. La competencia por el paladar se convierte en algo más peligroso cuando Pratt levanta una apuesta extraordinaria: desea jugar la mano de la hija del anfitrión.
En el comedor de una casa de Londres se despliega una cena cuidadosamente orquestada. Mike Schofield, corredor de bolsa que busca cultivar aires de hombre culto, ha preparado una mesa de ceremonia: candelabros generosos, rosas amarillas, cubiertos de plata y tres copas para cada convida. El clarete reposa en su estudio, adquiriendo temperatura ideal en el lugar exacto elegido para tal fin. La razón de tanto esmero es Richard Pratt, famoso gourmet y presidente de Los Epicúreos, una sociedad gastronómica exclusiva. Su paladar es su estatus, su conversación un despliegue de conocimientos sobre vinos. En anteriores ocasiones, Mike ha apostado con él sobre clarete, y Pratt siempre ha triunfado. Esta noche Mike trae una botella de un viñedo tan obscuro en Geirslay que asegura casi nadie fuera de Alemania lo conoce. Pero cuando llega el momento de la apuesta, algo oscuro emerge. Pratt, lejos de interesarse por el vino, ha estado conversando con Louise, la joven hija del anfitrión, inclinándose cada vez más cerca de ella. Mike ofrece apostar cualquier suma, incluso diez mil libras. Pratt rechaza el dinero. Su deseo es más extraordinario: quiere jugar sus propias casas contra la mano de Louise en matrimonio. Lo que comienza como un juego de paladares cultivados se transforma en algo perturbador: una apuesta sobre una persona. Louise se niega, pero su padre insiste con determinación casi hipnótica, asegurándole que es imposible perder. Finalmente cede, aunque su consentimiento está teñido de miedo. Entonces Pratt comienza su ceremonia de cata. Con los ojos cerrados acerca el vino a su nariz, lo bebe parcialmente, lo palpa en su boca, aspira aire para mezclar aromas, lo mastica como alimento sólido. Es una exhibición teatral de expertise que sugiere arrogancia inquietante. Cuando finalmente habla, su voz destila confianza absoluta: tras meticulosa eliminación lógica, declara que el vino es un St. Julien. Y en sus palabras resuena la certeza de quien juega un juego cuyo resultado ya conoce.
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