Bajo la noche tropical del valle de Kalalau, treinta leprosos viven su último acto de libertad. Desposeídos de sus tierras por colonizadores que trajeron la enfermedad, han elegido el refugio inaccesible de la montaña antes que la prisión…
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Bajo la noche tropical del valle de Kalalau, treinta leprosos viven su último acto de libertad. Desposeídos de sus tierras por colonizadores que trajeron la enfermedad, han elegido el refugio inaccesible de la montaña antes que la prisión de confinamiento de Molokai. Cuando las autoridades intentan capturar a Koolau, su líder, comienza una batalla desigual en el único sendero que conduce al valle, donde un hombre armado con rifle puede desafiar a cien.
Bajo la luz de la luna, en el fondo del valle de Kalalau, Koolau convoca a su comunidad. Treinta personas viven entre esas montañas: hombres y mujeres marcados por la lepra, sus rostros y cuerpos alterados por una dolencia que no quisieron contraer. La enfermedad los ha convertido en marginados, expulsados de la sociedad.
Koolau denuncia la injusticia: las islas fueron suyas, de sus ancestros, hasta que llegaron los blancos con palabras de religión y comercio. Se apoderaron de todo, trajeron esclavos chinos, y con ellos la enfermedad. Ahora, los enfermos serán confinados en la prisión de Molokai. La elección es entre dos muertes: la lenta en el confinamiento, o la resistencia en el acantilado que controlan.
Entre los refugiados está Kapalei, exjuez educado en universidades, ahora con muñones donde estuvieron sus manos. Está Kiloliana, el montañero que conoce cada sendero oculto. Y están quienes danzan y cantan en la noche, recordando que aún pueden amar a pesar de sus cuerpos quebrantados.
Cuando llegan los policías del sheriff americano, Koolau toma posición. El único acceso al valle es un sendero de menos de cuarenta metros de ancho, tan estrecho que solo cabe un hombre. Koolau lo defiende con su rifle desde la espesura. El sheriff intenta cruzar. Koolau dispara. Cae. Los policías continúan, avanzando en fila india, cayendo uno tras otro. Otros intentan por la ladera opuesta pero la roca traiciona; tres se despeñan desde mil pies. Luego llegan las máquinas de guerra, artillería que desgarra el cielo nocturno. Koolau permanece, vigilante. La resistencia no es una batalla que puedan ganar, sino un acto de dignidad: la negativa de desaparecer sin lucha.
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