En una isla construida sobre las aguas drenadas del Mediterráneo, donde Julio César ha realizado la mayor obra de ingeniería jamás concebida, el dictador perpetuo recibe la visita de Ifianasa, una nereida que emerge de una bañera de…
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En una isla construida sobre las aguas drenadas del Mediterráneo, donde Julio César ha realizado la mayor obra de ingeniería jamás concebida, el dictador perpetuo recibe la visita de Ifianasa, una nereida que emerge de una bañera de terracota con un mensaje de Poseidón. Su advertencia es clara: abandone esta locura. Pero César, con setenta y seis años y la certeza de que dejará una huella perdurable, rechaza toda razón. En el lecho marino, el dios del mar comienza a despertarse de su letargo milenario, reclamando su tridente para enfrentarse al mortal que osa desafiar la naturaleza.
Tras salvarse de una conspiración años atrás, Julio César decidió emprender la mayor empresa de su vida: no someter a adversarios humanos, sino a la naturaleza misma. Con dos millones de hombres a su servicio, construyó enormes diques en las columnas de Hércules y entre Sicilia y Cartago, transformando el Mediterráneo en un lago interior, uniendo Europa y África en el nuevo territorio de Atlantropa.
Pero el orden del mundo tiene límites que ni siquiera un dictador perpetuo puede transgredir. Cuando sus legiones acaban de acampar en la isla Cesarina, mitad del camino entre Sicilia y Cartago, César recibe la visita de Ifianasa, una nereida cuya piel brilla como alabastro y cuyos ojos violeta guardan siglos de existencia. Emerge de una bañera de terracota con un mensaje del propio Poseidón: que abandone esta locura.
César, anciano de setenta y seis años pero aún vigoroso, escucha con escepticismo. Aunque ahora debe aceptar la existencia de lo sobrenatural tras encontrar criaturas mitológicas en las aguas que deseca, se niega rotundamente a detener su obra. No verá destruida la estructura que construyó para multiplicar campos de cereales y alimentar millones de bocas. Ifianasa le advierte que está aniquilando miles de millones de criaturas marinas, que los mares encerrados se envenenan con sal, que pronto navegará por una salmuera estéril. César responde que traerá pescado del Atlántico y del Índico.
Cuando la nereida regresa al agua, bucea hacia aguas abiertas donde convergen otras criaturas como ella. Desde las profundidades emerge una cabeza colosal semejante a Proteo, y suena el cuerno ancestral de los mares. El mensaje es inequívoco: Poseidón, quien permanecía dormido durante milenios mientras su poder divino se consumía lentamente, despierta de su letargo. Sus manos pétrëas alzan el tridente forjado por los Cíclopes y golpean el lecho marino con una fuerza que hace temblar la tierra. Olas gigantescas, sólidas como hierro fundido, avanzan hacia el este y el oeste a velocidades inconcebibles.
César permanece de pie en el pretil de granito, nudillos blancos, plenamente consciente de que se aproxima la furia de Neptuno. Sus lictores huyen. Su sobrino Octavio mira aterrado. El anciano arúspice murmura: ‘Nada bueno’. Pero el hombre que cruzó los Alpes en invierno, que uncio ríos y unió continentes con hormigón y ambición desmedida, permanece inmóvil: —Aguantará. El dique aguantará. No aguantará.