Un empresario de bienes raíces contrata a un escolta misterioso para protegerse de enemigos desconocidos. En un caserón junto a la bahía de Mimizan, entre amenazas anónimas trazadas en las puertas y movimientos sospechosos en los…
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Un empresario de bienes raíces contrata a un escolta misterioso para protegerse de enemigos desconocidos. En un caserón junto a la bahía de Mimizan, entre amenazas anónimas trazadas en las puertas y movimientos sospechosos en los alrededores, hombre y protector deben descubrir quién está decidido a acabar con su vida antes de que sea demasiado tarde.
Gaston Baylac es un empresario inmobiliario cuya vida de negocios agresivos le ha ganado enemigos. Contrata a Sylvestre, un escolta profesional cuyo porte de chófer oculta su verdadera naturaleza: un guardaespaldas letal.
La llegada de Sylvestre marca una tensión silenciosa. Cuando Baylac bromea ofreciéndole cigarrillos, Sylvestre responde: podría dispararle sin aviso. La broma revela la naturaleza del juego que comienzan.
Baylac viaja entre su oficina en Burdeos y su mansión, el chalet Caprice en Mimizan. Su esposa Regina acepta la necesidad de protección. En las sombras, Michel Duclos observa cada movimiento, registra la hora exacta y realiza llamadas telefónicas a alguien llamado Damian.
La amenaza se materializa en la puerta de hierro que cierra el acceso a la playa. Aparecen mensajes anónimos pintados con brea: un ataúd, calaveras con huesos entrecruzados y una advertencia: «Aviso definitivo al gran canalla». Números del uno al diez, con seis ya tachados. Baylac bromea sobre su cuenta regresiva, pero la frialdad de Sylvestre sugiere que el peligro es real.
En la servidumbre del chalet viven el ama de llaves Suzon y su familia. Revelan fragmentos inquietantes: el patrón ha regresado con fracturas, golpes, señales de violencia. Suzon comenta que nadie desea su muerte, pero fuera del chalet, Baylac no siempre encuentra gentes dóciles.
La novela comienza en equilibrio inestable: un hombre perseguido por amenazas invisibles; un guardaespaldas cuya capacidad para el mal es tan clara como su compromiso con la protección; y una conspiración que se teje lentamente, con observadores registrando cada paso. En las noches de Mimizan, permanecen sin respuesta: ¿quién ordena la vigilancia? ¿Quién inició la cuenta regresiva? ¿Logrará Sylvestre descubrir al enemigo antes de que sea demasiado tarde?
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