Desde que enviudó, una mujer vive encerrada en la cocina de su departamento, esperando una muerte que no llega. Con la sordera avanzando y un cuerpo que se desintegra, documenta los detalles menores de la vejez: conversaciones telefónicas…
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Desde que enviudó, una mujer vive encerrada en la cocina de su departamento, esperando una muerte que no llega. Con la sordera avanzando y un cuerpo que se desintegra, documenta los detalles menores de la vejez: conversaciones telefónicas con sus hijos, encuentros con amigas que envejecen, reflexiones sobre un tiempo que transcurre de forma impredecible. Entre tazas de café y apuntes dispersos, construye un retrato de la cotidianidad donde casi nada sucede y, sin embargo, todo importa.
Desde que murió su marido, una mujer vive en la cocina de su departamento, como si fuera el único espacio donde puede respirar. Viene de una rama paterna longeva: la abuela murió a los noventa y tres años, una tía a los noventa y seis, otra a los ciento dos. La muerte llega a su familia como una invitación que algunos aceptan y otros rehúsan. Ella aún no sabe cuándo la aceptará.
En este espacio reducido, poco ocurre. Blanca, la mujer de limpieza, viene a sus horas. Sus dos hijos la llaman por teléfono: uno mientras conduce hacia su oficina de abogado, el otro mientras pasea al perro. Ella reconoce sus presencias en la respiración agitada, en los tonos de la prisa. Sus amigas envejecen también, gastándose en dentaduras postizas y consultorios.
Descubre que tiene sordera moderada. Se fractura el codo después de tomar demasiadas pastillas para dormir. Se cae en la calle y se fractura un metatarsiano. El médico le dice que sus huesos son de polvo; si se cae, se desintegra. Pero ya se cayó y no se desintegró.
El tiempo transcurre de formas que no comprende: una hora tomando una pastilla que no puede partir se siente interminable; cuarenta minutos durmiendo son apenas un respiro en el que suena el teléfono. Su marido fruncía las cejas cuando volvía del trabajo. Ahora ella no sabe qué es novedad.
Intercala reflexiones sobre arte: Franz Kline, Yves Klein, Hilma af Klint. Piensa en colores, en la luz de las tres de la tarde que brilla como acero. A veces cree que un color podría nombrar esa hora.
Toma varios cafés al día. Lee crucigramas. Desea poco: un chocolate, una película, flores. Es de esas personas que, cuando le preguntas cómo estás, no dicen nada. Conoce a su hijo más pequeño mirándola desde la pérdida del padre. Una nieta la persigue, le dice abuela. Otra es tan perspicaz que entiende japonés.
Este es un retrato de vida suspendida entre lo cotidiano y lo sublime, donde una mujer espera con la paciencia de quien no tiene prisa, documentando en cuadernos cada detalle menor de existir cuando ya no hay nada que esperar excepto el café de mañana.