En una sofocante tarde de junio en Boston, John Cuddy, investigador privado viudo, completa los trámites burocráticos de su renovación de licencia.
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En una sofocante tarde de junio en Boston, John Cuddy, investigador privado viudo, completa los trámites burocráticos de su renovación de licencia. Esa noche comparte una cena tranquila con Nancy Meagher, fiscal del distrito, y el nuevo gato de ella. Pero al regresar a su apartamento, un llamado telefónico de un amigo de la universidad interrumpirá la relativa paz que ha encontrado, arrastrándolo hacia un caso complicado que lo obligará a enfrentar recuerdos que prefería dejar atrás.
Un jueves sofocante de junio en Boston abre la puerta a esta novela. John Cuddy, investigador privado, dedica la tarde a completar los formularios de renovación de su licencia: un trámite burocrático que lo mantiene anclado en el presente, aunque sus pensamientos divaguen hacia el pasado. Es viudo, vive en Back Bay, trabaja en un pequeño despacho en la calle Tremont. Todo en su vida está en orden, o al menos así lo intenta. Al caer la tarde sale a caminar por Boston, pasando por el Granary Cemetery y Quincy Market. Luego se dirige al apartamento de Nancy Meagher, una fiscal del distrito con la que ha retomado una relación recientemente. Nancy le presenta a Renfield, un gatito gris que acaba de adoptar. Durante la cena en su apartamento, comparten una intimidad incómoda pero real: ella busca algo más profundo de lo que John puede ofrecerle. Los viernes terminan con un beso, una promesa para el lunes, y la sensación de estar caminando sobre hielo frágil. Esa noche, de regreso en su apartamento, encuentra un mensaje en su contestador automático. Es Chris Christides, un compañero de universidad, abogado en Peabody. Chris suena preocupado, angustiado. Tiene un caso complicado, necesita ayuda. Tras llamar a su casa, habla con Eleni, la esposa de Chris, quien pide a John que vaya al despacho de su marido a las nueve de la mañana siguiente. La mañana siguiente lo ve corriendo junto al río Charles, tratando de mantener el equilibrio entre la paz y la inquietud que se aproxima. Al mediodía, John se verá obligado a regresar a territorios emocionales que prefería dejar sin explorar, porque Chris Christides es un recordatorio de la fragilidad de la vida y de que en Boston los casos nunca cesan de buscar a quienes pueden resolverlos.