Sam está tras el mostrador de Eye Candy Ink cuando Maxwell entra. Ella acaba de deshacerse de un cliente superficial que no comprende que sus insinuaciones no son bienvenidas.
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Sam está tras el mostrador de Eye Candy Ink cuando Maxwell entra. Ella acaba de deshacerse de un cliente superficial que no comprende que sus insinuaciones no son bienvenidas. Tras meses de citas fallidas y encuentros decepcionantes con hombres que solo buscan algo físico, Sam renunció al romance. Pero Max no es un chico más. A los treinta y tantos, exitoso restaurador, lleva la seguridad de quien sabe exactamente qué quiere de la vida. Y lo que quiere es estar con una mujer real. Cuando sus miradas se encuentran en ese mostrador, algo cambia para ambos. Ella reconoce en él a un hombre de verdad. Él ve en ella la determinación y la sinceridad que buscaba. Lo que comienza como un encuentro casual podría convertirse en el amor que ninguno esperaba encontrar.
En Eye Candy Ink, el estudio de tatuajes de Pittsburgh donde Sam trabaja, ocurre un encuentro ordinario con consecuencias extraordinarias. Ella está detrás del mostrador, librándose de otro cliente superficial, cuando entra un hombre que la observa con genuina atención. Maxwell tiene treinta y tantos años, pelo negro y ojos verdes que reflejan la confianza de quien ha ganado cada batalla que ha enfrentado.
Sam Kavan fue criada por su padre y dos hermanos mayores en Buffalo, después de que el cáncer arrebatara a su madre. De ellos heredó una actitud sin concesiones, directa, que la hace parecer uno de los chicos. Cuando decidió mudarse a Pittsburgh para trabajar como perforadora corporal, sus hermanos temían lo peor. Pero en Eye Candy Ink encontró más que un empleo: encontró la familia que siempre necesitó. Nico, Zeke, Mischa y Atlas se convirtieron en hermanos de elección.
Sin embargo, ni siquiera la familia elegida puede curar las heridas que dejan los hombres que no saben ser hombres. Tras meses de citas que terminaban en decepción, mensajes obscenos a medianoche y promesas vacías, Sam cerró la puerta al romance. Está cansada de chicos que confunden el deseo con el respeto, que no entienden que una mujer merece atención genuina y consideración.
Maxwell creció en Las Vegas, en una casa marcada por la adicción de su padre al juego. Aprendió que no puede confiar en la suerte, que debe construir su propio destino con disciplina y visión. Estudió administración de empresas, abrió restaurantes, expandió su imperio en Pittsburgh. Ahora busca algo diferente: alguien con quien compartir la vida que construyó, alguien real.
Cuando Max entra en Eye Candy Ink por primera vez, ve a Sam. Ve más allá de su pelo rojo fuego y sus ojos azules. Ve su independencia, su negativa a fingir, su rechazo absoluto a los juegos baratos. La reconoce porque es como él: alguien que sabe exactamente quién es y no transige.
Sam no está buscando nada cuando Maxwell llega. Pero hay algo en su seguridad callada, en la manera en que la observa sin pretensiones, que despierta preguntas que ella creía haber enterrado. Tal vez exista un hombre que sea diferente. Tal vez exista alguien que vea a la mujer que realmente es y la quiera de verdad.
Lo que comienza como un intercambio de palabras en un mostrador podría ser el comienzo de algo que ambos necesitaban pero ninguno buscaba: la posibilidad de creer de nuevo en el amor.