Desde una roca que domina un valle impecable, Monvoo Kindale contempla el mundo que su padre habita. Reid Kindale, el forajido más célebre, tiene ahora diez mil dólares de recompensa sobre su cabeza.
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Desde una roca que domina un valle impecable, Monvoo Kindale contempla el mundo que su padre habita. Reid Kindale, el forajido más célebre, tiene ahora diez mil dólares de recompensa sobre su cabeza. En Monvoo vive un legado de sombras: la frialdad heredada de su padre, mitigada apenas por la única amistad verdadera con Johnny Crapaud, el único que logró penetrar el corazón helado de este joven de ojos azul oscuro y voluntad de acero.
En las montañas, donde un valle profundo cae a mil pies hacia un lago oscuro y tranquilo, Monvoo Kindale se apoya contra una roca que la cuadrilla llama Atalaya de Monvoo. Es su lugar sagrado de reflexión, donde regresa una y otra vez para pensar, para observar la belleza impecable del paisaje como si buscara equilibrio en esas líneas puras de nieve, bosque y agua. Desde allí domina la vista del pico llamado Punta de Flecha, cubierto de hielo, y de la cascada que cae setecientos pies desde las alturas.
Monvoo es hijo de Reid Kindale, jefe de una célebre cuadrilla de forajidos. Su padre acaba de informarle que la recompensa sobre su cabeza ha subido a diez mil dólares: mil por cada miembro de la cuadrilla que entregue vivo o muerto. Reid lo comunica con la ironía de quien sabe que nadie en el mundo osará enfrentarlo. Monvoo no responde con palabras; ha heredado de su padre esa capacidad de comunicar en silencio, de comprender sin necesidad de discurso alguno.
El joven posee unos ojos que desconcierta observar: azul oscuro, casi negro bajo cierta luz, con líneas finas que brillan en verde cuando el sol los golpea directamente. Ojos que pertenecen a un rostro que debería ser joven pero que parece viejo, donde la inteligencia superior se lee claramente en la frente ancha, donde la voluntad de hierro se revela en la mandíbula cuadrada. Su sonrisa emerge con frecuencia, pero nunca alcanza las profundidades heladas de esos ojos azules, nunca toca lo que realmente habita en su interior.
Mientras reflexiona en la Atalaya, Monvoo evoca a Johnny Crapaud, el único hombre de la cuadrilla capaz de ganarse algo más que su respeto indiferente. Johnny llegó huyendo del sheriff: un joven francés que se había afeitado el rostro con una navaja nueva e insensatamente disparó contra varios hombres en un pueblo. Fue Reid quien lo encontró en la montaña, quien le ofreció refugio, quien reconoció en él algo digno de confianza. Desde entonces, Johnny ha sido el puente entre Monvoo y el resto del mundo: el único capaz de enseñarle que la amistad puede habitar incluso en los refugios de los forajidos.
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