Bajo el parquet de una casona limeña, descubre cartas de su madre —en coma hace cuatro años— dirigidas a un amante secreto. La pistola que las acompaña añade misterio.
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Bajo el parquet de una casona limeña, descubre cartas de su madre —en coma hace cuatro años— dirigidas a un amante secreto. La pistola que las acompaña añade misterio. La pasión en esas palabras contrasta con la vida estable que creyó construir con su esposo. Las preguntas la acosan: ¿quién era? ¿Cuándo sucedió? ¿Habría nacido ella? Y más perturbador: qué despertará en ella esa lujuria que nunca imaginó en su madre.
Regresa a casa tras revisar obras arquitectónicas. Entra a ver a su madre dormida; hace cuatro años, un paro cardíaco la sumió en coma. En la casona de San Isidro que habita con su familia, ella y su esposo Manuel ocupan un departamento que diseñó en el jardín. Cuatro años de matrimonio sin sobresaltos, de una vida que siente construida por otra. Bajo un listón del parquet encuentra sobres amarillos y raídos, una pistola con mango de marfil. La primera carta de su madre habla de besos, de carne, de deseo irrefrenable. Nada corresponde a la madre fría y piadosa que conoció. Las preguntas la acosan: ¿quién era el amante?, ¿cuándo sucedió?, ¿habría nacido ella? Desde esa lectura, solo dos hombres existen para ella. Durante la comida con Manuel y su padre, un desconocido en el restaurante captura su atención. Pelo oscuro, abrigo de terciopelo azul. Se presenta como Rosa María —nombre de su madre—. Él, italiano, le deja su tarjeta. Esa noche, apenas Manuel se duerme, vuelve al parquet. Lee la segunda carta. Las palabras hablan de besos profundos, de un deseo que nunca se apaga. Marca el número sin pensar. Queda en verlo en media hora.
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