Cuando Klára toca a Chopin en el piano de cola, la música flota sobre el aroma de los lilos en la Praga de los años veinte. Así comienza esta novela que despliega la infancia de Adélka en una casa al pie del castillo, en los primeros años…
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Cuando Klára toca a Chopin en el piano de cola, la música flota sobre el aroma de los lilos en la Praga de los años veinte. Así comienza esta novela que despliega la infancia de Adélka en una casa al pie del castillo, en los primeros años de la Checoslovaquia independiente, marcada por la muerte de su padre en la Gran Guerra, la llegada de un padrastro severo, y los momentos que jamás se olvidan: el quiebre de la inocencia de Klára en un mercado navideño, las cartas exóticas del tío aventurero, la silenciosa complicidad entre hermanas.
En la Praga de los primeros años veinte, cuando recién nacía Checoslovaquia tras la caída del Imperio austrohúngaro, Adélka construye sus recuerdos sobre sonidos que ya no existen. El piano de Klára, su hermana menor, produce una música que desciende sobre la casa como los aromas de los lilos en primavera. Madre está ante su caballete, pintando el cielo; Adélka lee poesía mientras sus oídos se llenan de Chopin. Son momentos de una quietud particular, habituales cuando su padrastro viaja por negocios. La casa refleja las dos personalidades que cohabitan: el gusto de madre por los terciopelos florales y las molduras delicadas; el de padre—ya fallecido en la guerra—en un semental de bronce sobre la repisa, sus patas delanteras levantadas. La tía Josephine viene de visita con su caniche; lleva cartas de tío Ota, el hermano aventurero que ha hecho de los viajes su única biografía, enviando descripciones de templos en Egipto, ríos sagrados en la India, lugares donde los nombres de «Estado independiente» jamás han sido escuchados. Pero hay un peso que atraviesa estos recuerdos: la figura del padrastro Milos, un hombre que amenaza con tirar al río la carpa que Klára ama, que rechaza su vegetarianismo, que convierte la casa en un espacio de tensión constante. Y está el mercado navideño, donde Klára presencia cómo matan un pez ante sus ojos. La red lo captura, el mazo cae. Ese momento marca un quiebre: la niña que reía ante los adornos de paja ahora ve el mundo diferente, ve que sus hermanas participan de una crueldad que no había comprendido antes. A partir de entonces, Klára pide que le permitan no comer carne, que cuiden al pez que llevan a casa en una bañera. Sus hermanas reconocen que deben ganarse nuevamente su confianza. Los detalles cotidianos—música, luz, un pez en una bañera—se convierten en los pilares sobre los que se construye la memoria.
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