Desde Asunción en 1556, Isabel de Guevara escribe a la reina contando cómo las mujeres de la expedición salvaron a los hombres moribundos del hambre: lavando, curando, armando ballestas.
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Desde Asunción en 1556, Isabel de Guevara escribe a la reina contando cómo las mujeres de la expedición salvaron a los hombres moribundos del hambre: lavando, curando, armando ballestas. Este es el tipo de historia que Félix Luna rescata en esta colección: personajes olvidados cuyas vidas y sacrificios tejieron silenciosamente nuestra formación. Desde la colonia hasta fines del XIX, historias de gente sin biografía que merecen ser recordadas por lo que revelan sobre quiénes somos.
Desde Asunción, el 2 de julio de 1556, Isabel de Guevara dirige una carta a la reina Juana describiendo los trabajos de las mujeres durante la expedición de Pedro de Mendoza: cómo alimentaron a los hombres casi muertos de hambre, cómo lavaron sus ropas, curaron sus heridas, armaron ballestas y vigilaron el campamento. Así comienza este recorrido por los personajes secundarios de la historia argentina que Félix Luna convoca en estas páginas.
Durante años, el historiador ha encontrado en los archivos y las crónicas figuras que nunca alcanzaron protagonismo, pero que encarnaron valores, miedos, prejuicios e ideales que moldean la comprensión de nuestro pasado. No son héroes: son la gente sin historia, aquella que urdió silenciosamente la trama de nuestra formación. Algunos apenas son nombres. Otros dejaron un gesto, una decisión, una carta que revela cómo se vivía en tiempos remotos.
El libro abraza desde la época colonial hasta fines del siglo XIX. La Rioja de 1682, donde un joven descendiente de conquistadores escribe anónimamente al Rey denunciando abusos y proponiendo un orden económico nuevo, una alternancia de gobernadores criollos: es el esbozo de una Argentina que tardaría más de un siglo en madurar. Las mujeres que rozaban la tierra con sus manos para sembrar, los escribanos corruptos, los gobernadores negligentes, los eclesiásticos que acumulaban poder terrenal. En cada capítulo, el lector descubre que la historia no está hecha de grandes discursos sino de los trabajos cotidianos, las ambiciones contenidas, los silencios y las pequeñas transgresiones de quienes no tienen monumento.
Luna advierte al lector: todos estos relatos son rigurosamente verídicos, excepto uno. Ha inventado de pies a cabeza un personaje, incluyendo sus referencias y sus obras, y ha dejado señales para que quien lo desee intente desenmascararlo. La travesura responde a un propósito: obligar al lector a comprender que en materia histórica todo es provisorio, todo está en revisión constante. Porque la historia no son los hechos, sino las narrativas que elegimos construir sobre ellos.