Apenas comienza la primavera en la latitud austral, monsieur Zermatt y sus hijos se preparan para ejecutar su ritual anual: disparar dos cañonazos desde el islote del Tiburón como señal de presencia hacia cualquier barco que pudiera cruzar…
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Apenas comienza la primavera en la latitud austral, monsieur Zermatt y sus hijos se preparan para ejecutar su ritual anual: disparar dos cañonazos desde el islote del Tiburón como señal de presencia hacia cualquier barco que pudiera cruzar los parajes del océano Índico. Once años han transcurrido desde el naufragio que los arrojó a la Nueva Suiza, una isla que se ha transformado en su hogar. Mientras Fritz alberga sentimientos hacia Jenny Montrose, la joven salvada tiempo atrás, la familia equilibra la satisfacción de su vida laboriosa con la esperanza silenciosa de un eventual regreso al mundo conocido.
En la segunda semana de octubre, cuando la buena estación regresa a la zona austral, monsieur Zermatt se pasea por la orilla del arroyo de los Chacales con su hijo Jack. El invierno ha sido leve en aquella latitud, y la familia que habita la Nueva Suiza puede reanudar sus trabajos tras once años de vida en la isla. La conversación entre padre e hijo gira en torno a una costumbre que no puede descuidarse: el viaje al islote del Tiburón para disparar dos cañonazos en honor de la estación, un ritual que representa la persistente esperanza de señalar su presencia a cualquier barco que navegue los parajes del océano Índico.
Fritz, el hijo mayor de veinticinco años, y Jack, de veintiuno, preparan el kayak para atravesar la bahía del Salvamento. Durante la travesía, la conversación entre hermanos revela las tensiones que subyacen a la tranquila vida cotidiana: Fritz desea que algún navío los rescate, especialmente pensando en Jenny Montrose, la joven inglesa a quien salvó dos años atrás en la Roca Humeante y por quien siente una afección profunda. Jack, por su parte, bromea sobre los peligros de ser descubiertos, temiendo que cualquier nave que llegue plantara su bandera y los desposeyera de su colonia.
La isla que se ha convertido en hogar presenta signos de prosperidad. Los huertos rinden, los animales se multiplican —especialmente los antílopes criados en cercados del islote—, y las estructuras levantadas por la familia funcionan adecuadamente pese a los embates de los vientos del norte. Pero bajo esta aparente estabilidad existe una corriente constante de nostalgia: la madre teme por los viajes de sus hijos al mar; Ernest, el segundo de los varones, cuestiona el sentido de disparar pólvora sin certeza de ser escuchados; y Jenny, integrada ya a la familia como una hermana más, guarda en silencio el recuerdo de su padre en Inglaterra.
La Nueva Suiza ha ofrecido seguridad y autonomía, pero no responde la pregunta fundamental que flota en cada ánimo: ¿cuál es el destino de quienes, arrojados al azar del naufragio, han construido una vida en el exilio? La continuación de la historia de estos náufragos teje entre la aceptación resignada y la esperanza nunca extinguida, mostrando cómo el paso del tiempo modifica los caracteres y cementa los lazos de una familia que ha hecho suyo un mundo ignorado por la geografía del resto de la humanidad.