Una casa de granito en los acantilados de Cornwall es mucho más que una posesión para la familia Trewithian: es una obsesión que ha consumido doscientos años de lealtades, traiciones y sacrificios.
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Una casa de granito en los acantilados de Cornwall es mucho más que una posesión para la familia Trewithian: es una obsesión que ha consumido doscientos años de lealtades, traiciones y sacrificios. Cuando Herbert Trewithian hereda Poldean, trae consigo a su encantadora segunda esposa Letitia. Pero la serena vida de la pareja se ve perturbada por la obstinada presencia de Lydia, hermana de Herbert, quien vive solo para la casa. Una tarde sofocante de julio, mientras se aproxima una tormenta, los invitados se reúnen en el comedor para una cena que revelará oscuros motivos.
Poldean no es una casa ordinaria. Construcción de granito levantada sobre un acantilado cornualés, fue adquirida por los Trewithian hace dos siglos mediante un acto de traición tan ignominioso que marcó para siempre el carácter de la familia. Durante generaciones, los Trewithian han vivido, amado, trabajado y muerto en función de esta posesión, que les llama simplemente “la casa” —nunca por su nombre verdadero— como si no existiera otra digna de consideración.
Herbert Trewithian, abogado de éxito en Londres, abandona su próspera carrera cuando hereda Poldean tras la muerte de su padre y su hermano mayor. Su segunda esposa, Letitia, una mujer mundana y encantadora, accede a mudarse a las montaraces alturas cornualesas, esperando que su matrimonio florezca lejos de la ciudad. Al principio, Letitia intenta adaptarse: celebra fiestas en verano cuando pueden lucir sus mejores galas, recibe amigas de Londres que permanecen temporadas en la casa.
Sin embargo, la vida en Poldean no resulta como imaginaba. Herbert, bajo la influencia de las tradiciones familiares, se convierte en guardián fanático de la casa. Cada shilling disponible se destina a su mantenimiento y restauración, mientras Letitia debe aprender a vivir con menos lujos de los que acostumbraba. Peor aún está Lydia, hermana soltera de Herbert, quien vive permanentemente en la casa en un estado de obsesión igualmente feroz. Para Lydia, Poldean es todo: un compañero espiritual, una religión, una razón de existencia. Ella censura cada gasto de Letitia, cada fiesta celebrada, cada nuevo vestido, viendo en todo ello un desperdicio que podría haberse invertido en la casa.
Una tarde de julio excepcionalmente calurosa, Letitia confía a su amiga Marie Lester la frustración de su situación. Mientras hablan en los jardines, revela que Lydia es el único obstáculo para su felicidad, que la tensión crece en el seno familiar bajo la obsesión por Poldean.
Al caer la noche, una tormenta se aproxima. Los invitados se reúnen en el comedor bajo un calor sofocante. La conversación gira en torno a asuntos legales. Herbert plantea una teoría: encontrar al culpable de un crimen requiere identificar el motivo. La temperatura sube, la atmósfera se carga de tensión, y en ese instante el relato se quiebra en suspenso, dejando al lector con la sensación de que algo terrible está próximo a ocurrir en los muros de Poldean.
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