En la celda 423 de la cuarta galería, a los diecisiete años, Mani comparte espacio con El Chato y Gerardo, un presidiario veterano. Su nombre es Manuel Fórsch Iturri, un detalle que intriga.
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En la celda 423 de la cuarta galería, a los diecisiete años, Mani comparte espacio con El Chato y Gerardo, un presidiario veterano. Su nombre es Manuel Fórsch Iturri, un detalle que intriga. Mientras fuma en silencio, sus recuerdos lo devuelven a Halle, al orfanato donde creció durante la ocupación soviética, a los compañeros, a Eva, a la señorita Miet que le hablaba de España. La novela teje presente y pasado en una reflexión sobre pérdida e identidad, sobre los hombres atrapados en esquemas de poder.
En la cárcel de Barcelona, en la celda 423, ingresa Mani con diecisiete años. Su nombre completo es Manuel Fórsch Iturri, un detalle que intriga: hijo de padre alemán, rubio, sin barba, marca de un origen ambiguo. Comparte celda con El Chato, compañero cercano a su edad que llegó con él, producto de una decisión compartida de hacer algo, de dar un golpe. Y después llega Gerardo, el Gandula, viejo presidiario que habita el lugar con familiaridad de años, conocedor de cada regla no escrita, cada intercambio clandestino. El Chato habla con bravata de quien intenta ser más que su edad. Gerardo observa con ojos risueños de quien ha visto demasiado, quien sabe que hombres y mujeres siguen esquemas eternos: unos arriba, otros abajo, siempre abajo los mismos. Mientras comparte espacio reducido, Mani se retira cada noche a su verdadera celda: la memoria. Regresa a Halle, orfanato en zona de ocupación soviética donde fue educado. Evoca años que llama felices, antes de la repatriación. Recuerda a la señorita Miet, su ángel, quien hablaba de España exótica, soles perpetuos, naranjas que brotaban sin cesar. Recuerda a sus compañeros: Hans el práctico, Horst el erudito, Conrad con el dedo en la boca. Y sobre todo a Eva, su primer amor, quien cruzaba el pasillo del dormitorio para acurrucarse junto a él en silencio. Cuestionado sobre su educación comunista, rechaza las implicaciones entre su formación en zona rusa y su delincuencia. Insiste: fue feliz en Halle, detalle que molesta a quienes necesitan explicaciones simples. Nacido en campo de concentración, repatriado a país desconocido, ahora encarcelado, Mani es puente entre mundos, testigo de historias mayores que su existencia.
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