Un ensayo que comienza con una búsqueda: ¿dónde encontramos nuestro cuerpo dentro de la casa? El autor responde: doce pasos separan el ordenador, convertido en órgano vital, de la cocina, donde el tiempo cristaliza.
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Un ensayo que comienza con una búsqueda: ¿dónde encontramos nuestro cuerpo dentro de la casa? El autor responde: doce pasos separan el ordenador, convertido en órgano vital, de la cocina, donde el tiempo cristaliza. Una reflexión sobre cómo vivimos fragmentados, con nuestros órganos dispersos en la red global, y cómo buscamos recuperar nuestro cuerpo en el espacio doméstico, la cocina y la duración lenta.
Un ensayo que comienza con una búsqueda doméstica: ¿dónde se encuentra nuestro cuerpo dentro de la casa? La respuesta es inesperada. Doce pasos separan el ordenador, donde el autor pasa la mayor parte del día, de la cocina. Esa distancia, insólitamente breve, es sin embargo la máxima que puede recorrerse dentro de una casa. Es un viaje contra corriente, infinito y traumático.
El ordenador conectado a la red no es una herramienta, como un martillo, ni un territorio en disputa. Es un órgano, comparable al riñón o al hígado. Ello implica dos consecuencias ineludibles: primero, que no podemos vivir sin él; segundo, que no podemos decidir sobre él. Nuestros órganos vitales han emigrado de nuestro cuerpo hacia la red. En esa simultaneidad sin barreras recibimos noticias de terremotos en Pakistán, vídeos virales de YouTube, teorías de Kant, todo de una vez, sin solución de continuidad.
Durante miles de años el cuerpo medía las distancias y jerarquizaba los eventos. Ahora, paradójicamente, creemos que donde está nuestro cuerpo no ocurre nada importante. La vida real sucede en otra parte. Hemos invertido la ecuación.
En este contexto, la cocina emerge como el espacio contrario. Allí, entre cacerolas y patatas peladas, el tiempo se comporta de otro modo: cristaliza, dura, se transforma lentamente. Es el lugar del cuidado, de la reproducción de los cuerpos, donde cada gesto tiene efectos visibles. Desde la cocina del convento donde fue encerrada como castigo, sor Juana Inés de la Cruz desafió a Aristóteles mismo, demostrando que entre cacerolas y marmitas es posible teorizar profundamente. De un tenedor sacaba un teorema, de una yema un algoritmo.
Entre el ordenador que desgasta y la cocina que medita, el autor coloca un tercer espacio: un sillón de orejas comprado en enero de 2011, en el instante exacto en que comenzaba la revuelta tunecina. En ese sillón se sienta a leer sin propósito, a recuperar el tiempo, a permanecer en el propio cuerpo.
Este es un ensayo sobre cómo vivimos ahora, con los órganos dispersos en la red y el cuerpo por recuperar. Una meditación sobre la necesidad de espacio, de duración, de cocina.
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