Un domingo de septiembre a principios de los ochenta, dos jóvenes con monos rojos se sientan en un banco del parque del Retiro. Carlos Faemino y Javier Cansado convocan transeúntes con gritos desaforados, iniciando una trayectoria que…
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Un domingo de septiembre a principios de los ochenta, dos jóvenes con monos rojos se sientan en un banco del parque del Retiro. Carlos Faemino y Javier Cansado convocan transeúntes con gritos desaforados, iniciando una trayectoria que marcaría el humor de la época. De la venta de encendedores solares y performances callejeras surge un proyecto cargado de dudas, ensayos fallidos y descubrimientos. Este relato recupera los primeros pasos de dos artistas que hallaron en un espacio público la cantera de su vocación.
Un domingo de septiembre a principios de los ochenta, sentados en un banco del parque del Retiro con monos rojos de mecánico, Carlos Faemino y Javier Cansado comienzan a gritar para convocar espectadores. Faemino llega con experiencia previa en locales y plazas; Cansado, expulsado del coro del colegio y confinado a papeles mínimos en el teatro estudiantil, afronta su debut con nerviosismo. Juntos inician lo que se convertiría en un proyecto artístico determinante.
Antes habitaban los márgenes del arte callejero. Vendían encendedores solares en el Rastro, pintaban interpretaciones propias de La Gioconda y Mondrian en las aceras junto al Prado, gritaban su particular lectura del arte a transeúntes indiferentes. En salones de casas particulares ensayaban ante amigos psicólogos que ofrecían consejos sobre subrreferentes y polisemia mientras ingería gintonics.
Los jueves se reunían en el pub Avapiés. Revisaban cada detalle de sus actuaciones dominicales, incorporaban elementos nuevos, exploraban textos de Lacan y Kierkegaard buscando nuevas dimensiones del humor. Entre propuestas como Peras Maduras y Circunferencio y Paralelepípedo, optaron por Los Hermanos Benítez. Crearon sketches que permanecerían en la memoria: el faquir Tarik con su chocolatina diabética; moribundos cinematográficos que guardaban secretos; imitadores de monumentos.
Cada domingo el corro crecía, la gorra se llenaba. La persistencia se enfrentaba al silencio del público, al fracaso momentáneo, a la incertidumbre económica. Pero en esa fricción entre esfuerzo previo e ilusión de espontaneidad, dos jóvenes descubrieron que el humor es oficio antes que don.
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