El 5 de junio de 1970, Nicole Gérard sale de La Roquette tras cumplir siete años de prisión. Su regreso es modesto: compra un magnetófono para su hijo con novecientos francos ganados penosamente.
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El 5 de junio de 1970, Nicole Gérard sale de La Roquette tras cumplir siete años de prisión. Su regreso es modesto: compra un magnetófono para su hijo con novecientos francos ganados penosamente. Pero la libertad trae una cicatriz invisible que la separa para siempre de quienes nunca estuvieron dentro. Su testimonio no busca justificar su crimen ni despertar piedad, sino describir la realidad de las cárceles de mujeres donde miles de personas viven lo que ella vivió, donde subsiste intacto un sistema que olvida la dignidad humana.
El 5 de junio de 1970, Nicole Gérard observa cerrarse la pesada puerta de La Roquette tras ella. Siete años de prisión distribuidos entre La Roquette y Rennes quedan atrás. Su primer acto como liberada es humilde pero revelador: busca un regalo para su hijo Marc con el escaso dinero ganado dentro, novecientos francos ahorrados penosamente. Elige un magnetófono, aparato desconocido para ella, que marca su reingreso al mundo de quienes nunca han estado tras los muros.
Pero la libertad no restituye lo que la cárcel tomó. Una frontera invisible la separa ahora de los demás. Aunque ha logrado escapar a la maldición que atrapa a los liberados, sabe que vivirá vigilándose constantemente, temiendo revelar su pasado, siendo siempre sospechosa de su propia normalidad. Un excarcelado es un mutilado sin derecho a mostrar sus heridas.
Lo que Nicole Gérard cuenta aquí no es su historia personal ni la justificación de su acto. Es el testimonio de lo vivido dentro: las condiciones de vida en las cárceles de mujeres, el sistema que las gobierna, las compañeras dejadas atrás. Su crimen es un detalle. Lo que importa es que lo que ella experimentó es exactamente lo que miles de mujeres han vivido o siguen viviendo entre esos muros.
Su denuncia es serena, realista, sin sensacionalismos. No pretende cambiar el mundo, sino favorecer una toma de conciencia. La prisión le enseñó la solidaridad, que le faltaba. Con esa lección llega el deber de hablar, de describir esa realidad que subsiste tranquilamente a la vuelta de la esquina de nuestras calles más conocidas.
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