Sentados en torno a la mesa de té del cuarto de los niños, Pip, Meg, Judy, Nell, Bunty, Baby y General comparten pan con mantequilla mientras huelen el pollo asado que sus padres disfrutan en el comedor de abajo.
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Sentados en torno a la mesa de té del cuarto de los niños, Pip, Meg, Judy, Nell, Bunty, Baby y General comparten pan con mantequilla mientras huelen el pollo asado que sus padres disfrutan en el comedor de abajo. Estos siete hermanos australianos no son ejemplos de virtud: son niños de espíritu irreverente, ingenuidad genuina y una malicia juguetona que los define en el corazón del país australiano. Un retrato íntimo de la infancia sin moldes ni pretensiones.
En el cuarto de los niños de la casa llamada ‘Desorden’, siete hermanos comparten merienda mientras sus padres cenan separados: rollo asado, verduras y pudines cuyos aromas los tienten desde abajo. Cuando Pip no puede resistir la tentación y baja a pedir pollo, obtiene un trozo que comparte con Judy. Luego Nell, con ojos de ángel, seduce suavemente a su padre para obtener primero un muslo, después un ala para la pobre Meg. Incluso General, apenas un bebé, es incitado a bajar en busca de ese manjar, conducido por Judy hacia una diversión que promete ser memorable. Esta novela presenta a siete hermanos australianos que desafían toda noción de infancia modelo. Pip es el mayor, portador de ese orgullo adolescente de quien cree saber más que nadie. Meg, de dieciséis años, lleva el peso invisible de ser hermana mayor sin ser verdaderamente responsable. Judy es el espíritu del caos, ingeniosa y traviesa, siempre inventando esquemas que embrollan a todos. Nell posee una belleza casi irreal, como los ángeles de las tarjetas navideñas. Bunty es regordete, perezoso, con una cara que nunca parece limpia. Baby, la pequeña de cuatro años, tiene una debilidad peculiar: hacer llorar a General solo por el placer de escuchar su sonido. Y General, el bebé, es resiliente, sano y ruidoso, un pequeño que sobrevive a los cuidados improvisados de sus hermanos mayores. El capitán Woolcot es un padre irritable, poco inclinado a la ternura, aunque quizá secretamente orgulloso de sus hijos. Su joven esposa Esther apenas supera los veinte años, sonriente pero poco práctica en el hogar. La institutriz es ignorante, y nadie osa revelarle su falta de saber. En esta casa australiana sin disciplina formal, la vida transcurre en una mezcla peculiar de libertad y desorden.
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